oda a los ojos castaños

octubre 25, 2020 § Deja un comentario

que el mundo se abriera con ojos castaños

partido el mundo en pedazos suficientes

para dar de comer a un ejército que viene huyendo del frío.

que los ojos castaños poblaran los árboles

y se abrieran dentro de la arena:

son los compañeros olvidados.

retirados en los pozos,

amigos de lo corriente.

pero no.

lo corriente no contiene un río de ojos castaños persiguiendo una barca de papel.

un chico en la primera fila se sienta con sus ojos castaños

y la palidez de la luna

y pienso en los ojos castaños debajo de los sombreros

en los ojos castaños de A., que guardan el recuerdo del fuego en el árbol,

de mi hermano, que contienen el campo donde siembran Corn Flakes,

en los ojos castaños de mi madre,

con todos los muertos dentro en forma de nube,

en los ojos de G. con cara de luna en primera fila,

en los ojos de A. T., que parecían de oro cuando bebíamos en la calle al salir del after y yo le miraba como si fuera un emperador romano que ha perdido todas las batallas. cuando yo todavía pensaba que la belleza no puede ser mala.

en los de M., que son dos cucharadas de Nutella,

en los de mi abuela que eran los de mi hermano porque esa es la magia del parentesco y ahora él los lleva como quien conserva un trofeo hurtado en el bolsillo.

me gustaría tenerlos en una cajita,

en vez de la clásica bailarina con el tutú polvoriento

que gira sobre sí misma pidiendo socorro:

un montón de ojos castaños como piedras preciosas relucientes,

como miel de abeja,

como tierra limpia.

Mis libritos publicados

octubre 13, 2020 § Deja un comentario

Manual para la comprensión del insomnio (El Transbordador, 2019)

El circo volador (Versátiles Editorial, 2020)

Dos editoriales de poesía independientes, tradicionales, que apostaron por mi obra.

Porque, como Blanche DuBois, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos.

La niña sobre los hombros

octubre 4, 2020 § Deja un comentario

En el parque unas manos agarrando las puntas de los árboles.

Y una niña sobre una cabeza, como un monstruo que se deja arrastrar por la corriente de un río batido de telas blancas.

Una niña y unas manos con las puntas de los árboles

o de las algas

y el padre como el vigía de la corriente y como el monstruo que se deja arrastrar.

Nadie vio su cara.

Levantaba los brazos como si levantase una muñeca abandonada en autopistas de noche, con un movimiento de seda y de cosa demasiado importante.

Pasó un autobús vacío sobre el puente de piedra.

La niña y sus dedos tocandotodoloque pendía sobre su diadema de oro y plástico.

Tenía el pelo castaño y liso.

Nadie vio su cara.

Yo siempre fui de chicos rubios. De niñas pelirrojas. De autobuses vacíos.

Los árboles con miedo a las uñas de purpurina. Uñas diminutas capaces de aniquilar un balbuceante hormiguero y dejando un rastro de estrellas essence.

Y el padre

como un monstruo de dos cabezas y dientes que mordían la hierba.

Cuatro sombras atravesaron la espalda

como una cruz sobre un tejado.

Una niña demasiado pesada doblando la cabeza de un monstruo

agarrada a las puntas de los árboles

con un autobús sin viajeros.

El parque nunca lo cerraron.

La niña, dentro,

sobre una cabeza y unos hombros manchados de café.

Nadie vio su cara.

Cómo actuar cuando te come un monstruo

septiembre 3, 2020 § Deja un comentario

Cuando te traga un monstruo

la sensación no es la que generalmente se teme.

No son vísceras y un corazón temblando en la mano.

No son huesos y espinas puntiagudas como una pesadilla.

Es diferente a lo que te dicen los libros. Es diferente. Como es diferente un niño cuando empieza a subir escaleras o firma un recibo de la luz.

Cuando te traga un monstruo lo que necesitará es que estés despistado:

mira, una bicicleta abandonada. Mira, un gato que pide salchichas. Mira, una falda naranja que parece que camine sola.

Y cuando te despistas con pensamientos que pasan rápido como una gaviota que ha visto un pez herido,

el monstruo saca la lengua larga de años siendo un monstruo.

Una lengua enroscada y rosa,

del color del verano sobre un helado,

y una piel llena de hematomas

pues los monstruos han sufrido mucho y eso no hace falta repetirlo.

Por algo se hacen monstruos.

Y atrapado en la lengua que es un cascabel y un país lleno de brujas,

subirás hasta la boca del monstruo violeta, cabeza calva, alas que parecen agua.

Te llevará hasta arriba,

arriba del todo,

el lugar donde no quedan árboles.

Y tú intentarás salir de ese entramado de lenguas y ventanas negras.

Porque el interior de un monstruo siempre es oscuro y tiene cortinas rojas,

como las habitaciones del Teatro Real donde antes las damas bailaban con galanes

que pensaban en sus combinaciones flotando sobre los zapatos de tacón.

Las cortinas se comerán tus uñas cansadas de rasgar.

Y el monstruo gobernando los siete cielos y los siete diablos y haciendo la digestión como si tú fueras un gazpacho fresco o una tostada con queso semi curado.

Las ventanas de un monstruo son interiores y pintadas con esmalte azul.

No busques EXIT ni te canses rasgando las cortinas rojas. Yo he estado allí y he visto que el monstruo celebra el banquete girando sobre sí mismo y lanzando excrementos a los que permanecen abajo,

futuras presas de un estómago vacío.

Cuando te quedes atrapado busca el punto por donde salen las lagartijas

(apenas se percibe).

Y ahí introduce el dedo,

y ahí la grieta,

y ahí la nada.

Porque el monstruo seguirá girando sobre sí mismo

con el estómago vacío.

Pero tú habrás salido.

Sobre escribir en los márgenes de los libros

agosto 24, 2020 § 1 comentario

Tengo de nuevo La inmortalidad.

La tuve una vez hace muchos años, en otras circunstancias, con las mismas manos.

Y me refiero al libro de Kundera. Inmortales somos hasta que dejan de pensarnos, eso lo sabemos todos.

El libro tiene pasajes subrayados, siempre a lápiz, como ha sido una característica de mis lecturas desde los inicios: subrayar palabras y frases que te hacen temblar pensando que la mina fina del lápiz atraviesa tu cráneo como un punzón, y así graba con mayor facilidad esas ideas que quieres que perduren. Pero cómo van a perdurar entre los empujones de los sueños

(bajé las escaleras de la tienda de muebles Acevedo, atravesé construcciones de Lego y mi hermano iba detrás de mí como van los hermanos pequeños; yo quería una mascarilla de colores y el almacén estaba lleno de juguetes a rebosar y una oscuridad dickensiana entre padres alegres jugando con aviones mecánicos)

y cómo pueden perdurar esas ideas

(una gaviota se lamenta sobre un tejado)

cuando puedes permanecer dos semanas sin comer con una pala en tu cerebro, cuando ves pintadas por las paredes

(Dios no existe y tú tampoco)

y mezclas los libros con la realidad y con los sueños. Como le puede suceder a cualquiera. Una planta de hojas brillantes en la cabeza, existe o fue algo que soñaste el otro día o que inventaste para una imagen en un verso perdido.

Es lógico que uno regrese a las lecturas. Es necesario. Es un himno, una voz que pide agua en el desierto.

Y en mi lectura de La inmortalidad vi esos pasajes que subrayaba hace años, con las mismas manos pero otras circunstancias diferentes que me obligaban a fijarme en cómo Dalí y Gala comían un conejo como acto de amor, cuando ahora me detengo en el pasaje ese que nos dice que aquellos que persisten en sus ideas como estandarte de su Yo lo que hacen es convertirse en menos individuos y más colectivos. “Yo soy animalista, yo soy comunista, yo soy antifascista, yo soy fascista”, y acepta así a ese Yo, adherido a una idea de la que no se despega como con cierta rabia, volviéndose menos individuo.

Pero esto no llamaba mi atención hace años, con 22 o con 23, cuando me asomé a la Inmortalidad en otras circunstancias pero con las mismas manos.

Y en uno de los márgenes anoté: SUJE AZUL/ TOALLA.

Y en otro margen anoté: COMO HOY. Y una pequeña flecha. Y ese “como hoy” se me escapa, la referencia late con seguridad: es la escena en la que una muchacha grita que ella solo se ducha con agua fría, demostrando ante la audiencia lo original que es, aunque por supuesto la otra mitad de la población actúa como ella. Y yo escribí “COMO HOY”.

Nunca sabré a qué aludía con ese COMO HOY.

Y eso me hizo pensar que en cierto modo somos extraños. Extraños para uno mismo. ¿Quién era la Alicia que escribía COMO HOY, llenando de migas (que cayeron) el libro de Milan Kundera? ¿Quién era, en esa realidad presente de Alicia, la chica que gritaba exacerbada que amaba la ducha fría mientras la audiencia callaba como respuesta?

Tenía las mismas manos.

Pero cuántas Alicias hubo y cuántas habrá que se irán cayendo por los pozos, que se irán evaporando como una lluvia fina en primavera cubriendo la tierra.

Ese guiño que hice no fue para el futuro, no fue para recordarlo: fue un impulso al observar que Kundera escribía sobre algo que yo podía identificar. Esa chica insolente que perturbara la paz de la sauna imponiendo su personalidad.

Nunca sabré qué me sucedió ese HOY.

Aunque este no es un mensaje de desaliento, sino al contrario. Desconozco lo que ese Yo perdido en el pasado experimentó con ese pasaje que le hizo escribir COMO HOY. HOY. Un símil que se me escapa como una cerilla que empieza a consumirse en los dedos.

Creo que el que lea esto entenderá ese vértigo al vernos extraños, una baraja de desconocidos con un rostro más o menos similar que se van reflejando en espejos que son un HOY y otro HOY y otro HOY…en un laberinto donde todos nuestros Yo van cayendo por los pozos, por las escaleras, por los agujeritos del suelo como fideos en un colador.

Y vamos dejando notas en los márgenes para nosotros, para el presente, como una grapa poco práctica en el cerebro, que leerán los futuros Yo. Y muchas de esas notas no las volveremos a leer (eso quizá nos conecta más con la muerte: ese libro enterrado entre mil donde anotamos algo o subrayamos un pasaje al que no volveremos nunca más).

No sé qué dije con COMO HOY y nunca sabré qué aconteció ese día.

Y ser un extraño para uno mismo encierra cierta magia.

Un montoncito de posibilidades empaquetadas, aleteando con fuerza dentro de un bolsillo.

Para L. durmiendo entre conchas

agosto 20, 2020 § Deja un comentario

Suicidarse es similar a agarrarse el pelo en un cuarto pequeño
lejos de los ojos de los demás. Dientes apretados.
Y con unas tijeras de plata empezar a cortar con ira. Y seguir cortando

y cortando

hasta llegar a los ojos.

Y ahí empezar.

Quién se atreve a negarme que el suicidio sea el último acto de rebeldía.
Que viene callado como un monje haciendo fila hasta el crucifijo.

L. se fue rodeado de agua y no estoy segura de si se equivocó al ir al cielo. Porque en el colegio decían que todos íbamos al cielo o al infierno después de morir. Creo que L. se fue al mar, donde tenía un barquito, donde pescaba peces medianos, en la costa de todas las muertes era lógico que L. decidiera morir.

Yo quiero comprar una lámpara con luz cuando regrese a Madrid.
A L. le faltó una lámpara que iluminara su pasillo por las noches.
Los pasillos oscuros son los dominios de los fantasmas de la cabeza,
esos que mueven platos y cubiertos y se burlan de las fotos de los antepasados y sus peinados en blanco y negro.

L. prefirió una sobredosis de pastillas seleccionadas con maestría, pues a eso se dedicaba. Era el más pequeño de todos. Tenía dos hoyuelos mágicos en las mejillas y la piel bronceada, el pelo de plata de hombre que tuvo una perra llamada Aspirina y una casa que era un laberinto de cajas y de ceniceros.

Quiero comprar una lámpara con luz cuando regrese. Una lámpara con una muñeca estampada y luz naranja, esa luz que bañaba las camas en el pueblo de L. Y encerrarla entre las manos y que no se vaya.

Quién se atreve a negarme que el suicidio sea el último acto de rebeldía.
Como un héroe que abre los brazos desde la torre más alta.

Un cuervo y dos gaviotas en el puerto se disputaban una cría deshecha en plumas y rodeada de algas. A ver quién vencía.

Ninguno se tiró al agua.

Porque los pájaros no se suicidan. Se rompen en pedacitos de cristal al chocar contra una ventana.

L. se fue sobre una colcha blanca y un escalofrío de pastillas.
El jueves que viene compraré una lámpara de luz naranja.
Enciendo velas por L. cada cierto tiempo.

Porque estas cosas no se olvidan.

Y si metéis los pies en el agua de una orilla aseguraos de que L. no está dormido, para no despertarlo.
Gobierna un océano donde receta medicamentos y cubre de arena las quemaduras de tercer grado.

Ahora tiene una parcela con conchas blancas sobre la cara.

Las manos cruzadas.

Nunca tuvo una lámpara de luz naranja que vigilara su pasillo y ahuyentara sus fantasmas.

El jueves que viene iré a comprar una de las que salvan de todos los males
y te ahorran el purgatorio.

Suicidarse es el último acto de rebeldía.
Un valor de medallas de oro sobre la solapa. De premio gordo. Primer puesto.
No oyes los aplausos porque ya estás lejos.

L. se fue dormido entre las olas con conchas blancas en la cara.
Si metéis los pies en el agua aseguraos de no despertarlo.

Personas peligrosas

julio 22, 2020 § Deja un comentario

Existen personas peligrosas.

Personas que llevan sus tentáculos por debajo de la bata de dormir y aspecto pálido.
Personas que se sientan en el metro, saludan a un extraño, se agarran a la barra y esperan pacientemente su parada comprobando la hora que le pincha la muñeca. Y es una persona peligrosa. De pelo corto y metro ochenta y bolsas del mercadona.

No dirías que es una persona peligrosa.
Pero lo es. Tengo la certeza.

Sin embargo, le abres la puerta.

Y enciendes la estufa y le abres las tapas de los yogures con una sonrisa como la palma de tu mano. A una persona peligrosa. A un extraño.

Los extraños son arañas que caen del techo.

Existen personas peligrosas.

No es necesario que lleven pistola. Ni que escupan al suelo.

Porque no hablo de gente que corta brazos en medio de un bosque o de gente que desaparece en el desierto y acecha dentro de un pozo,
escorpiones en los ojos.
Hablo de personas transparentes, limpias, agua de cristal que se remueve con un palito y tú embelesado abriendo las tapas de los yogures y comprando canelones de atún y describiendo a la perfección cada cuadrícula de tu ducha y cada pensamiento que estalla y deja humo en el aire.

Personas que entran en tu estómago con una sierra y botas de montaña.

Y mandas el plano de tu ducha y tus pensamientos y el humo con un lacito de oro dirigido a la persona peligrosa. Aunque por supuesto no estás seguro de su nombre.

Los nombres se mueven como las olas que rodean a un niño en el mar. Y llevan algas ocultas y peces por dentro.

Las personas peligrosas se abalanzan sobre ti con todos sus dientes y todos sus brazos.
Y tú ventilas tu cuarto y compras canelones de atún o boloñesa y preparas las sábanas que huelen a prado.

La persona peligrosa entra.
Se bebe tu té.
Te coge de la cintura.
Te suelta todas sus pecas
que caen sobre tu cara.
Te escucha mirando a la lámpara.
Duerme en tu cama.
Deja su hueco de persona peligrosa.
Y es peligrosa porque tú le has dejado pasar.

Y siempre sonriendo y sin dejar de mirarte, como una avispa en la estación equivocada,
se despide rápido como había venido.
Como un tornado de hojas.

Unos pelos en el suelo como huella alternativa de alguien que pasó por aquí.
Un “sí, yo creo que lo vi una vez, estaba en un banquito y llevaba una camiseta blanca” que comenta alguien que se cruzó con la persona peligrosa y así compruebas que no fue todo un delirio porque aunque yo confundo los sueños con la piedra sé que abrí la puerta a una persona peligrosa.

Y conocí muchas personas peligrosas.

Que me dejaron envoltorios de chicle y puñados de pelos y toallas sucias.
Que sonreían mirándote fijamente a los ojos,
escorpiones negros.
Que olían a pan y olían a jabón de Marsella y venían con el viento que se mueve como una onda de arena y luz. Que tenían una madre bajita que pesaba lo mismo que un botón, que tenían un árbol que daba fruta rosada, que tenían los ojos tristes.

Esas,
precisamente esas,
son las personas peligrosas.

Pelo como

julio 18, 2020 § Deja un comentario

el oro.

Tenías.

Tú.

Vamos a verles arder

julio 18, 2020 § Deja un comentario

Dos piernas en medias rojas. Medias rojas de la corredera baja de San Pablo, la señora que hace ascos a las chicas que tienen piernas gordas.

Dos piernas y un pantalón gris, talle recto, descolorido, manchado en la rodilla de los tres meses recorriendo pasillos en busca de un Buen Trabajo. El sol en la nuca. Pero no le vemos la nuca. La nuca de los hombres se tapa con las manos de los verdugos, así que hace años que no se atisba un trocito de nuca.

Las dos piernas en medias rojas al lado de un pantalón gris, talle recto, descolorido. Una de las piernas abierta en forma de A, lo suficiente como para crear una guillotina para un gallo de plumas verdes y plumas azules. Y el pantalón gris y descolorido que saluda desde sus dos columnas un poco quietas y un poco lejanas, todo lo que nadie en realidad busca ni necesita.

La composición aparece frente a un banco y unos árboles llenos de hojas. Y una catedral donde dicen que un hombre borracho habita dentro de un órgano que nadie ve. Tumbas en la tierra, porque es el país de las tumbas.

Y ayer que pasó por delante de mis dedos mientras buscaba polillas ocultas en las paredes.

Pero estamos aquí para algo.

Y vamos a verles arder.

Os pido que alguien venga con una cerilla y saque todas estas flores y estas plumas del papel porque les vamos a ver arder hasta que sean cenizas esas cuatro piernas delante de banco de madera de nogal y árboles llenos de hojas. Catedral. Hombre borracho dentro de un órgano que nadie ve.

Medias rojas. Pantalón gris. Descolorido. Rodillas gastadas de tantos ruegos y ofrendas a los dioses para conseguir un Buen Trabajo. Medias rojas talla grande porque las piernas son gordas y la señora despacha rápido a las chicas que se mueven deprisa.

Tú no puedes ver que ella tenía la cara redonda como una luna que ha comido mucho. Porque la composición solo recoge unas medias rojas y un pantalón gris, descolorido, rodillas huesudas que recorrieron pasillos. Podrían ser un saltimbanqui y su abogado.

Siguiente página: cabello, lazo y gotas de tulipanes.

La mano pesa como un túnel sobre los hombros de un ser diminuto que cabe en el puño de un recién nacido.

Alguien que venga con una cerilla de esas de las cocinas viejas. Una caja con una golondrina estampada y un sol debajo de las patas. Una caja y polvo pero cerillas robustas y sus cabezas rosas entre los dedos blancos.

Puntitas de nieve. Puntitas de espirales que crecen hasta verles arder.

Y ellos como dos soldados hechos de piernas y los rayos cruzando el banco y los árboles. Hojas cayendo en un tornado de peleas y de viento. Las cinco puntas de los dedos como los cinco sujetos agresivos que aguardan detrás de los barrotes mientras los edificios caen durante el fin del mundo. Estoicismo de imprenta.

-Yo no fui.

-Yo tampoco.

Y se relamen la boca.

Vamos a verles arder hasta que las medias huyan de las piernas y el pantalón caiga hasta el suelo. Y por la guillotina todos los pájaros en éxodo y pánico en los picos corriendo.

En el apocalipsis solo se salvarán los pájaros.

Y aquí también.

Unas olas desordenan las cocinas hasta que aparece el hueso de todas las cosas. Devorando los muslos porque son caníbales constantes y rezan por la destrucción de los demonios que visten pantalones de topshop y medias rojas de la mercería. Banco de madera de nogal. Árboles y sus hojas. Catedral. Hombre borracho que habita dentro del órgano. Y los dos de pie esperando que la mano cayera sobre ellos.

Puntitas de espirales.

Puntitas de los dedos quemándose con la cerilla número tres.

Vamos a verles arder.

Composición fallida.

Brazo quiere cuervos

julio 10, 2020 § Deja un comentario

Daría a cuatro cuervos mi brazo para comer.

Que alguien me consiga cuatro cuervos, yo pongo el brazo.

Cuatro cuervos caen del cielo y prueban brazo para comer. Vecinos se acercaron a contemplar la escena.

Hoy a las 16.45 se celebrará el sepelio por el brazo de A. En la iglesia de los cuerpos que se pierden. Vengan invitados y amigos que lean esta nota. Ruegue una oración por su alma.

Receta de brazo: necesitas cuatro cuervos y un brazo, azúcar, harina, amor porque las cosas se hacen con amor. Vierte el brazo en una olla
-mi brazo-
y deja que se cueza como verías cocer a una langosta.

Piscis. Tu brazo será devorado por cuatro cuervos este domingo. Vendas serán necesarias.

Si introduces una aguja pequeña en el brazo poco a poco verás que estarán saliendo todas las flores azules que te habías olvidado en las escaleras cuando eras pequeña y corriste hacia la mesa a por la merienda.

Querido diario: introduzco una aguja pequeña en mi brazo.

Se alquilan cuatro cuervos para el banquete del brazo de A. Cuervos de ala negra, ojos brillantes, tamaño palma de una mano preferiblemente. Que no hablen castellano. Que se muevan como bailando. Que tengan tiempo. Que tengan hambre.

Chica busca cuervos.

Cuervos devorando brazo, acrílico sobre madera, 2020.

Tenía el bracito que cabía en cualquier rendija de una puerta semiabierta. Pero siempre quiso saber qué había dentro. Porque no confía en los manuales de medicina y tiene que haber algo más que venas. Porque le late a veces.
Una persona viviendo en su brazo, devorada por cuatro cuervos.

Si tengo un brazo con siete lunares, ¿cuántos cuervos necesitas para que se lo coman en una sola tarde?

Érase una vez cuatro cuervos con cuatro hambres que llamaron a la puerta buscando un brazo tierno que llevarse al pico. Ninguno salía en la película de Brandon Lee y tampoco era suficientemente guapo para Disneylandia. Así que prefirieron esperar a hacer una aparición salvaje en una pequeña nota a pie de página.

(1) Cuatro cuervos atacan brazo de chica que solo quería cerrar un poquito los ojos.

Escena 22. Un brazo en el medio de la habitación. Cuatro cuervos con picos rojos y picos azules de las flores y de las venas. La chica tiene los ojos cerrados. Los cuervos miran a la cámara.

-Abran los cuatro picos.
-Introduzcan el brazo.
-Desnudo. Sin mangas.
-Penetre los picos en el brazo.
-Como una aguja que abre el mundo.