El aire que no llegaba

julio 6, 2020 § Deja un comentario

Eran las dos de la mañana y la ventana abierta y el aire que no llegaba.

Que no llegaba.

Y un cuerpo sobre la cama en posición de batalla, puños dolidos, boca abierta, ojos despiertos.

Eran las dos de la mañana y la ventana abierta y el aire que no llegaba.

Que no llegaba.

Un aleteo de plumas vino de lejos, de los lugares donde se guardan los sofás rojos y se sirven los canapés en bandejas de plata, de los lugares donde la gente cumple todavía los ritos y visten limpios trajes de chaqueta bordados con hilo de oro.
Nadie habla si no es absolutamente necesario.
Tampoco se dan la mano.

Y el aleteo sobre la repisa de la ventana,
encima de los petrificados restos de paloma.

El cuerpo tenía en el estómago una ensalada de pasta y cereales con leche fría.

Un pensamiento sobre el futuro como una nube en un ojo.

Las manos bajo la almohada. Sin pijama. Un vaso con la dentadura.
Y el aire que no llegaba.

El aleteo era negro y tenía el pico abierto.
Alguien escribió en Twitter una cita como un pan fresco que entró en la garganta y se quedó dando golpes porque los panes ricos no se pueden digerir a las dos de la mañana. Casi tres. Alguien desconocido con un gorrito gris y mucho sueño escribió unas palabras que llegaron hasta la calle X y el sonido de una moto que ya se iba.

Las palabras con trenzas gordas y ceniza
atadas a las patas del aleteo
del pájaro-aleteo que era negro y tenía plumas con las que barría los cadáveres por el suelo.

Solo me miró con los cristales de sus ojos
que parecían brujas que viven en un cráneo pequeño.
Dos brujas vestidas de negro.
Dos brujas redondas brillantes a las tres de la mañana y ese aire que no llegaba.

Que no llegaba.

En su pico un bolígrafo sin tinta.

-No escribe.

El pájaro poquito sabía de escritura y de fuente o tipo de letra. Corrección de estilo. Inglés/español. Tamaño 12 interlineado. Porque vino de los lugares donde los caballeros son de plata y todavía se limpian la boca tras llevarse un bocado, y caminan kilómetros hasta llegar a los altares. Y allí duermen una siesta de tres días.

El pájaro me vio levantarme.
Elegir un rotulador.
Prueba en la rodilla, en el brazo.

Mientras tanto, su pico en mi pecho
toc toc toc
arterias, esternón, toc toc toc
hasta que llegó a lo que late
y allí fue desmenuzando toc toc toc
a las tres de la mañana

sus dos brujas y su pico y sus plumas en mi nariz haciendo las cosquillas que tienen los niños cuando los persigue una mano.

Escribí lo que me dictó.
Palabra por palabra un ruego en tinta de rotulador negro, esa que dice la tía Maribel que es veneno y que se absorbe y que nunca se va del todo. Ella es química. Fuma con las uñas pintadas de rojo.
Y si seguimos esa teoría las palabras quedaron dentro atravesando los poros mientras el pájaro iba devorando y cuando al fin terminó la frase y solté el rotulador que cayó el suelo
-un bebé comenzó a llorar-
se fue a la ventana de la que no llegaba el aire,

que no llegaba.

Y allí se quedó muy quieto.
Me mira de vez en cuando. Come semillas. Vigila con la cabeza estirada y la elegancia de algo que está vivo pero no sabe hablar.
Espera que mi brazo borre la frase. Y entonces volverá al pecho. Volverá a la arteria. Al esternón, que tiene nombre de ciudad hostil dentro de una cáscara.

Volverá a lo que late y que ya apenas se mueve y meto la mano y encuentro solo plumas negras y trocitos de hueso.

Cerré la puerta. Le puse más semillas, agua dulce, limpié la ventana.

El aire que no llegaba.

Habitante del hueco

julio 5, 2020 § Deja un comentario

Tengo un hueco del tamaño de un puño que aprieta.
Una lagartija busca luz en la farola.
Y huele a las cosas que se han perdido.

El hueco sorbe mis mocos y se nutre de cabezas gachas. De pelo. De gotitas de sudor que caen como el que conquista un país despacio pero con ansias.
El hueco trae el Levante, trae arena y calcetines de navidades, trae mi nombre en tus manos
temblando de frío
y una espalda empapada de sudor.

Entre cervezas en vaso corto tu nombre y mi hueco ayer en una mesa.
Barajándose como el oráculo negro de un futuro que no termina de salir del huevo tibio.

Tu hueco y una lagartija en la farola buscando un poco de luz.

Una lagartija en mi pie
marca de nacimiento
y una punzada de trescientos alfileres cuando pensé un momento que no saldrías del árbol ofreciéndome sus hojas y un papelito pequeño
de esos que conservo en cajas
como el que conserva las alas de los insectos.

Tengo un hueco del tamaño de un puño que golpea,
desmenuza los nombres nuevos
que vienen dentro de vasos de pánico
y de pianos que tocan siempre otro nombre.

Porque las voces no saben cuándo hay que dejar de mencionar lo que está lejos.

Los chicos llegan con lagartijas en los ojos,
buscando su propia luz,
y tú en mi hueco
acomodado niño que busca un pecho cálido,
que vino con el Levante,
que tenía un nombre compuesto,
y se fue por la puerta que daba al patio de las ruinas griegas.

Tengo un hueco del tamaño de un puño que destroza.

Los niños perdidos entrando en tu hueco
y tú que no surges de la tierra,
que no surges de la tierra,
lejos tan lejos que ni las puntas de los dedos te pueden alcanzar,
ruido de lavadoras,
y aquí yo estirándolas tocando la lagartija y las cosas que se han perdido.
Y mi hueco crece en su agujero negro.

En tu agujero negro.

Y trescientos alfileres
en el puño
en el hueco
que yo sola habito.

Lagartija en el pie.

Lagartija en los ojos
de los nombres nuevos.

Oración

junio 18, 2020 § Deja un comentario

Dadle un poquito de pan.
Porque empieza a tener frío.

Agujero

junio 16, 2020 § Deja un comentario

Si estás en un agujero y tú eres el agujero,
y te muerden los elementos extraños que viven de tus pies. Son tus pies y los pies del agujero.
Un agujero diminuto que se va haciendo una boca.
Una boca diminuta que va tragando tu propia boca dentro del agujero.

Si estás en el agujero y tú eres el agujero.

Esto solo debes leerlo en caso de que te encuentres dentro.
Solo debes leerlo si un día te levantas y te encuentras dentro de un agujero de los que hacen desaparecer las manos y los ojos
y tus ojos pertenecen al agujero
y ven el mundo con las mismas pupilas que tú viste el mundo al nacer sobre una camilla blanca y completamente sucia de los fluidos de tu cuerpo.
Tu cuerpo dentro del agujero.

Pero esto solo debes leerlo
-solo-
si un día te levantas y te tambaleas y crees que vas a caer.
Pero en realidad no caes del todo, no.

Créeme que estás dentro pero tú eres el hueco que se va abriendo en la tierra.
Tú eres el hueco que te traga y te devora los huesos para digerirlos con la pausa de un invierno de seiscientos días.

Si estás en el agujero pero tú eres el agujero.
¿No te ha sucedido todavía?
Continuamente con las cosas que se van cayendo alrededor y con las voces que no escuchas porque se prenden de las cortinas y giran la cabeza.
Te advierto de que debajo no hay niños jugando con aviones de papel. Todo se quedará arriba, donde permanece el agua. Como las azafatas que muestran el catálogo de comida en un avión con turbulencias. Sus faldas por la rodilla, pelo con gomina, el catálogo frío sobre los muslos y los diez euros y el cambio.

Tú estarás dentro. Tú con todas las constelaciones pinchándote encima.

Como un buen agujero.
Dentro del agujero.

Tu boca, tu cara, las uñas desesperadas.

Pero tranquilo. Y respira las piedras que se cuelan por la nariz, y los insectos perturbados por tu presencia de piel y de grasa y de codos acomodándose en la tierra.

Tranquilo porque lo mejor de toda historia llega ahora, como los abuelos que narran con voz suave a los pequeños que tienen miedo de que se haga de noche:
nadie estará esperando en el agujero.

Por eso precisamente acabaste aquí.

Bala en la frente

junio 13, 2020 § Deja un comentario

Érase una vez un sitio que era como una piedra roja.
Allí todos caminábamos con la cabeza encogida dentro de los puños
y allí las mujeres llevaban el pelo corto y unos dientes en la boca que parecían que fueran a gritar auxilio dentro de las flores a la virgen que gobernaba el jardín.
Era un lugar con la puerta como de sangre de tantas piernas que lo atravesaron temblando.

Algunos entrábamos pensando que nunca volveríamos a salir.

Dejábamos a nuestras madres altas, inalcanzables, sosteniendo un plátano dentro de una bolsa con todas las vitaminas necesarias para gente como nosotros, que cabíamos en calcetines blancos y zapatos con hebillas como las niñas buenas.

Aunque tampoco se puede decir que fuéramos niñas.

Ni que fuéramos buenas.

Podíamos ser pájaros.
Ser víboras.
Ser una huella en el suelo.

Todos los insultos de zorra, bestia, despeinada, que corrían por el agua mientras nos lavábamos las manos.
Dicen que hay que perdonar por los pecados.
Pero el perdón es una aguja afilada que camina cuando estamos dormimos
y te recuerda que una vez entraste en la boca de los lobos y pensabas que jamás volverías a salir a comer el plátano dentro de la bolsa cargado de vitaminas. En la mano de la madre que siempre fue demasiado alta y cambiaba de color como las estaciones en los árboles.

Érase una vez un lugar que parecía un castillo y una torre y un comedor donde servían grasa de filetes con la misma pinza que la usada para el mouse de chocolate.
Enseñaban a mover los dedos con rapidez y el padrenuestro entre las cuentas de matemáticas.

Detrás de todos los poderes sagrados estaban las niñas-pájaros
las niñas-víboras
las niñas-huella en el suelo.

Noemí había pronunciado una vez las palabras que redimen a los que estuvimos en la cárcel por ser demasiado pequeños y tener los gemelos muy gordos.

Noemí tenía dieciocho años y yo los mismos que Noemí. Creo que ahora se dedica a resucitar a los muertos, pero siempre quiso tener un zoo donde los animales vistieran con traje de chaqueta.

Llevábamos zumos en la mano. Era verano. Los meses que parecían que no existían.
Le contesté que no.
Que G. por la noche me asustaba con su cabeza de tractor y su sonrisa de gato, que B era drogadicto y estaba perdido, que M.S. era un alfiler para las moscas y que a todos les daría una bofetada

y les metería una bala en la frente

como un resto de miércoles de ceniza

y los envolvería entre las llamas del lugar que era una piedra roja.

Una bala en la frente como un perdón.

Un perdón que penetra en el cráneo con una eficacia pasmosa que se lleva todos los aplausos.

-Noemí, por qué entonces esta noche llegué al patio andaluz que parecía poco de Coruña, donde descansaban las atrapadas en su pelo corto, por qué odio el color azul marino, el color gris, por qué me niego a recogerme el pelo, por qué tengo este miedo a la gente que viene de lejos sin saber exactamente a qué viene. Y se mueve abriendo los brazos como Freddy Krueger cuando tiene hambre.

Y Noemí en un banco con una sonrisa de Julia Roberts y el pelo largo.
Porque ella no atravesó nunca la puerta ni la piedra roja.
No veía a la Virgen recibiendo flores mientras me temblaban las manos y las pelotas volaban por el aire llenas de cristales.

Noemí nunca tuvo gemelos gordos ni una madre alta con una bolsa de la merienda esperando al lado del buzón amarillo.

Yo les metería a todos una bala de plata en la frente.

Porque todavía sueño ahora con ellos, encogidos,
dentro de los puños,
con las manos llenas de pistolas y ese odio a los gemelos que eran demasiado gordos.

Les metería una bala en la frente como un resto de miércoles de ceniza.

Hay cosas que nunca se olvidan.

 

Tenías el pelo como el oro

junio 5, 2020 § Deja un comentario

Tú.

 

A.L., el chico de los ojos de Bambi

abril 24, 2020 § Deja un comentario

Tenía los ojos grandes. Ojos de Bambi.

Eso es lo que escuché una vez que le decía una voz a un rostro popular en una entrevista; una cantante española muy operada de la que lo único que permanecían eran esos ojos grandes. Ojos de Bambi. Como las piedras arraigadas en una tierra arrasada por los surcos y las hachas.

Llenaba el autobús de los que se habían quedado como un mechero inunda una cueva al encenderse. Ninguno nos veíamos así, por supuesto: no éramos perdedores. Esa palabra se prendía solo de los cuellos de aquellos que jugaban a las maquinitas hasta que cerraba el bar. A los dieciocho años todavía piensas que hay esperanza. Y te diriges a la cuna del saber con pasos firmes, y te diriges al sábado con las botas puestas. Y todos los días tienen un sentido, ese sábado y esa esperanza colgando del cuello del sábado, decorada con diamantes pequeñitos como suspiros. Y los que se sientan en los bancos a componer filosofía hasta la madrugada todavía eran dignos de admirar.

Nosotros dábamos vida al autobús de los pelos alisados con plancha y del flequillo extravagante y ese incipiente despertar de las Converse de todos los colores como bandera de una siguiente generación. Una generación que tomaba el bus para seguir viviendo con sus padres. Una generación que alguien había perdido. Los que se habían quedado. Aunque luego algunos nos fuimos.

Recuerdo a T., a J., a la chica que acabó en el supermercado con tres hijas, al chico que murió demasiado joven y le enterraron con su guitarra, al que se fue a Inglaterra, al que se peinaba con pinchos en la cabeza.

Y al chico de los ojos de Bambi. Que se llamaba A. L. Así que todo lo demás es insustancial, supongo, un largo recorrido en autobús unido a esos largos recorridos en autobús con los pasajeros fumando, cuando éramos todos mucho más pequeños y existían los yoyós de esos que brillan con el sol. Al final todo se comprimía en un viaje donde la butaca cambiaba variablemente, aunque tendente a la ventanilla.

A. L. miraba de reojo cuando hacía acto de presencia, lo cual sucedía pocas veces. Tenía el cabello teñido de rubio y yo intentaba no imaginarme su ridículo gorrito de plástico para hacerse las mechas. Entraba por la puerta y yo observaba que no se parecía para nada a Carlos Lorenzo, o a Francisco Martínez de las Heras, el niño que incendió su oso de peluche porque su madre se estaba divorciando, ni tampoco a Diego Pascual, que era flaco y se escondía detrás de las columnas para desaparecer como el aire. Tampoco se parecía en nada al chico que llegaba al instituto con un coche rugiendo música llena de colores, ni al que adivinaba la ropa interior de las chicas que parecían gacelas sobre las barandillas. El chico de ojos Bambi tenía la piel pálida de quien nunca ha visto la luz al nacer, sino que se conservó dentro del vientre y luego dentro de una nevera llena de cervezas frías. Su transparencia era casi platónica, igual que mi admiración por él. Nunca me habían dicho que no emitir palabras no equivalía a guardar cientos de cuentos en la boca. Él era de los que se metían las manos en los bolsillos y subía oliendo a Carolina Herrera. Y supongo que a Carolina Herrera le hubiera parecido formidable que un chico con cara de luna oliera a su colonia de perfumería, que incluye también desodorante (opcional).

Me sentaba con T. y a veces con J. y las tres nos callábamos cuando subía A. L. Supongo que lo hacían un poco por mí, como por mantener el luto, mantener el silencio del mito que se estaba forjando en mi cabeza a golpe de chicle, de siestas cortas y de baba cayendo por el cuello a las 7.00 de la mañana.

Un autobús rompía la noche y la noche no sabía que dentro alguien estaba moldeando un mito en la manera que uno moldea un pastel, o alguien cose ordenadamente los botones de una chaqueta, sin contar con los brazos que se la van a poner, o las manos que arrancarán todas las velas. Tampoco lo sabía el autobús, ni tampoco lo sabía el conductor ni las voces de la radio dando los buenos días a los oídos taponados con cascos de música.

Tampoco sabía nada de esto el chico de ojos de Bambi. Que se llamaba A.L. Y tenía el pelo teñido de rubio por alguien que un miércoles se aventuró a ponerle un gorrito de plástico y pasarle una brocha sobre algo que era de cristal.

No sé cómo demonios se puede pintar lo que es transparente.

A.L. era transparente, era pálido, y contenía todo el silencio que un muchacho de dieciocho años puede contener. Que parece que en algún momento vaya a estallar. Pero A. L. nunca estalló, era como Loquillo cantando una balada, apretando los puños. Era de esas personas que piensas que es imposible que los demás no vean que es hermoso. Creo que T. y J. lo veían guapo, cuando emitíamos nuestro voto y creábamos el mito. Pero no de esas criaturas que se ponen en el mundo para ser tocadas, porque son de cristal, sino que simplemente lo veían como algo que pasaba por delante de sus ojos, una nube borrosa o un pájaro que se desliza por el pasillo.

Yo sin embargo lo veía como alguien que vino del norte para quedarse y ser adorado. Eso es precisamente crear un mito. Y después de dieciocho años en esa tierra donde nadie veía crecer las flores, porque estas tenían tanto miedo que crecían al revés, vi por primera vez a A.L. como el que ve un atisbo de vida en una arena desierta. Alguien con unos ojos de almendras dentro de una piel de cristal.

Y un tiempo después, lo vi fuera del autobús.

Y un tiempo después, entre chicas italianas, él me dijo que se iba a marchar y se acercó. Recuerdo que yo estaba clavada a un taburete y él seguía siendo transparente. Siempre me gustaron los chicos que no se pueden llegar del todo a tocar.

A.L. no tenía mucho que decir. Tampoco era consciente de que pudo haber sido Odín, o cualquiera de esos dioses nórdicos que desfilan valientes desde el abismo del mundo. A.L. era un chico corriente que bebía cerveza y veías la cerveza caer tras su cuello y llegar a los riñones y llegarle a la cabeza y quedarse reunida con el humo de tabaco que A.L fumaba como una especie de Gary Cooper antes de volver a su caballo.

No tenía mucho que decir.

Realmente nunca dijo del todo nada.
Yo me fui porque él ya se había ido. Un poco como siempre. Y en la calle de las zapaterías me topé cuando era Navidad y todos estaban un poco más alegres y yo iba riendo con T. y le di un codazo.

-Es A.L.

Ella también giró su cara y lo vio y las dos notamos un pequeño sombrero, un recorte o el resto de un fusil que clava su bota en la coronilla. A.L estaba quedándose calvo, pero calvo religioso. Llevaba a su lado a una mujer pequeña. Él me vio pero no dijo nada. Yo tampoco. Seguí caminando con T. porque era Navidad y eso ya había acabado. Como todas las cosas que empezaron con dieciocho años.

Ese es el peligro de crear un mito.

Ese es el peligro de ser transparente.

Capitalismo aplicado a la gente que no quieres que se vaya

abril 10, 2020 § Deja un comentario

Nos enseñan que el dinero paga todo lo que se considera necesario.

De qué otro modo se puede sobrevivir.

No pagamos lo suficiente. No pagamos por lo que realmente está presente. Es decir, no es como un paraguas, que pagas, se rompe al abrirlo, y llevas el tíquet. Y te devuelven el dinero, o no. Hay establecimientos que indican que te regalan un vale, una papeleta, y con eso puedes comprarte otro paraguas en la misma tienda. Pero si se me rompió una vez uno, por qué querría otro de la misma tienda. Igualmente, hay gente que te ofrece otra fruta si la que llevas la abres y no estaba bien. Como si siempre has soñado con ir a París y descubres los edificios cubiertos de lodo hasta los cuellos. Un poco decepcionante. Así como una mota de polvo dentro del hueso.

Pero si no pagas por un familiar, entonces no puedes quejarte cuando ya no está. O cuando se marcha el chico que siempre te prometió que estaría ahí. Puede que sea cuestión de dinero. Toma, lo devuelvo, no ha aguantado lo suficiente y yo quería que se quedara hasta verme caer, hasta verme hecha unas trizas bajo un tractor humeante, hasta verme romper un espejo y hacer con él una hoguera de destellos. Alguien que permaneciera todo un siglo regando plantas, acomodando hojas como un peinado delicado, dando migas de pan a los pájaros. Y no un chico que te lleva por las escaleras borracha y delirando para luego desaparecer detrás de una cortina de fin de año. No ese chico. No el que no tiene nombre.

Aunque muchos tienen el mismo nombre.

He llegado a conocer a tres A durante diez años. Tres A. que parecían hermanos. Igual de altos, con un pan en la cara, el pelo frondoso y sin forma como alguien que se ha enfadado y va dando tumbos por el corredor de una casa abandonada. Tres chicos que podrían haber sido guardianes de una puerta no demasiado importante. Tampoco una isla desconocida, no. Algo así como guardianes de una galería de sellos en blanco y negro. Tres A. como las letras de un cuadernillo de ortografía que los alumnos deben reproducir incesantemente hasta acabar la página. Esas tres A.

Por supuesto, ellos no se conocían.

Por supuesto, nunca tuvieron nada que decir.

Pero si los hubieras visto pensarías que habían salido de la misma tripa madre, de la misma A. madre de todos y alta y de pelo sin forma y cara con un pan. Los ojos como de un verde suave.
Solo confío en los ojos castaños. Lo dice una canción. Los azules son traidores y los verdes, mentirosos. Ellos no eran tan listos como para ser mentirosos, por eso sus ojos eran verde suave.

Una A. llegó en una fiesta. La otra A. fue por la noche. La tercera A. fue sin querer. Y los tres con sus tres casas como las mellizas de los dibujos. Ridículamente coloradas.
Yo no hubiera pagado por las tres A. Me dio igual que se marcharan, o que me marchara yo. Creo que este caso fui yo la que tres veces se marchó. Mejor no me quedo el paraguas, muchas gracias, he pensado en otro sitio para comer, la tela no me convence.
Así.

Pero supongo que si pagáramos el mundo se llenaría a rebosar de personas que no pueden llegar a marcharse del todo, porque tienes la papeleta que indica que tú pides tiempo por ellas, por que sigan ahí, plantando semillas en la huerta, lanzando maíz o colando zumos de naranja que a veces saben a jabón y a veces saben a lo más rico que puede soportar la lengua. Tan rico que cierras los ojos. Lo que uno desea que haya en cualquier hotel cuando se despierta solo y con todas las posibilidades por delante en una ciudad desconocida. Agarrado a un zumo de naranja. Contemplando la calle que abre los brazos.

Si pagáramos no se desvanecerían como las tortugas que salen del huevo para acabar en el mar. Pequeñas, con pasos firmes, seguros, se van alejando sin que te des cuenta. El huevo abierto, un cráneo sobre la arena con ideas escapando como perdigones que huyen de la escopeta y parten el cielo.
Pero no pagamos por esos que no queremos que desaparezcan.

Que no queremos que se vayan y que su voz sea cubierta por mantas gruesas de invierno callando los ecos que una vez estuvieron ahí. En la habitación. Gritando un vaso de agua de fría, pidiendo papel higiénico, trazando contigo la primera O en el aire o viéndote caer sobre las piedras.

Las voces que eran limpias como un río.

Un río de lavanderas en el portal de Belén, esperando el 25 de diciembre para sacar sus ropas blancas sobre el papel de plata de envolver bocadillos.

Es una teoría inquietante, atrevida, pero posible.
De qué otro modo se puede sobrevivir.

Nos enseñan que el dinero paga todo lo que se considera necesario. Algunos sí que cruzan la línea. Carlos Súarez de las Matas tenía un apellido sobrio y un nombre de rey venido a menos. Y electrocutaba peluches en la bañera mientras su madre se divorciaba. Carlos Suárez de las Matas pagaba rondas para ganarse un respeto entre los que huyeron del país cuando vieron que todavía había esperanza. Se quedó él solo, el culo al aire en pleno botellón, y un último peluche electrocutado y tieso bajo la ducha.

No apostaría por una vida como la del chico de padres que se estaban divorciando, o por una vida de maestros que tienen las manos abiertas y una plaza bien dispuesta para los padres que llevan flores a la Virgen. No es eso. Pero si mis zapatillas de color rosa y blanco con un oso estampado, si la chaqueta de Adidas negra con franjas blancas como de cantante con tres palacios, si el apartamento, el piso, y los árboles que plantó el agricultor tienen un vale de compra y una garantía y hasta un seguro médico, como los ojos de las estrellas, por qué no invertir un poco en aquellos para tener la tranquilidad de que no se irán.

Tenga, sírvase a sus familiares. Aquí tiene esta papeleta. Jamás podrán marcharse.
Tenga. Aquí tiene al chico. Alto. Tranquilo. Sabe escuchar como saben escuchar los buenos chicos. Con los ojos, no solo con los oídos. Y su papeleta. Sin descuento. No es un chico que empieza por A. No un chico de ojos verde pálido por no saber mentir como un profesional ya que no tiene, en realidad, nada que decir.
Tenga. Aquí tiene a la mujer sabia. La esperará siempre en la estación con un abrigo de tweet. Leerá sus textos con muchas ganas. Jugarán ustedes a las cartas en Navidad. Ella puede que se encoja un poco con el tiempo, como un ovillo de lana.
Pensar en esto. Una papeleta dorada de máquina de chocolate de Willy Wonka de casa que jamás va a caer. Que no será la tumba del vacío donde se oiga todo lo que ya no se pronuncia.

Así no se hubiera ido el chico Peter Pan al que le guardaba los sueños.
Por supuesto el chico al que le guardaba los sueños estuvo mucho tiempo. Hasta que ya no tenía sueños que guardar.
No se hubiera marchado el chico que escribía mensajes citando a Oscar Wilde. Ese chico era pequeño, muy pequeño, igual que yo. Vino el vía crucis y vino el primer cigarrillo con el chico que citaba a Oscar Wilde. Tenía aires de prepararse para ser alguien Importante pero Humilde. Porque si sabes que eres importante, no necesitas demostrarlo continuamente. El chico era suave y frágil, le llamaban Blancanieves en el colegio. A mí me gustó su pelo negro y fuerte, despeinado, sobre esa cara pálida y los ojos castaños. Era Blancanieves que jugaba a las maquinitas en Lalín, encorvado, con chaqueta de pana sucia. Estuvo solo cinco días. Puede que dos. Pero quizá lo que no sucede lo tenemos presente precisamente por no haber sucedido.

No se hubiera ido la chica que me esperaba en casa, cuando salía de la ducha, sentada en la cama, con toda la noche por delante porque teníamos diecinueve años y ella todavía no daba alimento a la madre que llevaba oculta bajo la chaqueta de cuero negra y el maquillaje de rock. La chica bajita que también se fue despacio, tomando el ascensor. Puede que esto se deba a que las noches más largas las pasé con ella. Puede que esto también se deba a que no comprendía todavía que la amistad es una pared muy fina que se agrieta cuando empiezas a crecer y una lleva una madre por dentro que solo aguarda que se asome un poco para darle toda la atención.

No se hubiera ido la mujer que plantaba en macetas grandes como un peinado ochentero. Como un peinado de Alaska, mismas hojas punk de colores sorprendentes que pervivían a pesar de estar encerradas en la oscuridad. La mujer pelirroja porque ese era su color natural. De piernas gordas. Ojos llenos de verrugas alegres y pequeñas. Ojos color miel.

Los ojos color miel son lo más bonito del mundo.

Mi hermano tiene ojos color miel. Mi hermano también se irá. Puede que esto yo no lo vea. Pero me encantaría acercarme mucho a él y extirparle ese color de ojos sin dolor apenas. Ojos de trigo, de otoño, que es la mejor estación, ojos de oro.
Los ojos color miel son más bonitos que los ojos verde pálido. Que los ojos azules y traidores. Que los mentirosos.

Con una papeleta limpia, blanca, con un número combinado con letras en mayúscula puede que no se fueran. Que nadie se fuera. Toma. El dinero. Clin. Clin. Los billetes (no se oye, solamente caen). Y aquí mi papeleta que me guardo en el bolsillo, que grapo en la chaqueta y que me asegura que no se van a ir.

Que nunca se van a ir.

Puede que esto sea una teoría atrevida, extraña: dinero y personas que quieres. Personas a las que quieres que se van dejando los asientos más vacíos, las fiestas más vacías, las luces apagadas y se llevan con ellas un poco de lo que fuimos.
Pero no se me ocurre otro modo. Una garantía. Un seguro a todo riesgo. Una papeleta blanca o amarilla en el bolsillo. Y todos alrededor, mañana también, en sus casas, tranquilos.

Y tú sabiendo que seguirán donde los viste la última vez.

Cociendo arroz, hirviendo huevos, preparando una cama, escuchando la lluvia, llamando a teletienda, escribiendo a Oscar Wilde.

Que tampoco hubiera muerto.

Que me duelen los ojos después de haber entrado en otros ojos

febrero 20, 2020 § Deja un comentario

Qué es eso de la electricidad.

Porque me duelen los ojos después de haber entrado en otros ojos.

La electricidad es una onda que llega cuando estás devorando la baguette pequeñita sentada al lado de la chica de ojos orientales y espalda recta y cortina negra que parecen alas que vayan a volar para llegar antes a la parada de Embajadores, Madrid, línea tres.
Cuando se abren las puertas del vagón todos miramos lo que entra y comparte el aire pesado sobre las cabezas.
Porque no hay nada que hacer durante los 30 minutos en los que el cuerpo es solamente una cápsula plúmbea que busca desesperado un lugar donde sentarse y aguardar su parada.

El cuerpo en un viaje es un anciano que espera la muerte.

Se abren paso zapatillas sucias, chicas de cara larga que parecen un cansancio con nariz, bicicletas que se llevan a hombres por delante y plegarias dentro de un libro.

Y entonces la electricidad.
Una especie de impulso estridente que derrotaría el vuelo de un águila imperial.

Como estar dentro del terremoto de un dios.
Y agarrarte a todo lo que empieza a pulverizarse.

La electricidad vino en dos ojos brillantes que parecía que contenían toda la lluvia fina que cabe en cinco manos.
No recuerdo el color.
No.
Solo que eran brillantes y grandes y yo me metí dentro y creo que él también se metió en los míos
porque yo le dejé pasar.
A él, querido desconocido,
cuyos pasos no resonarán en la sombra.

Por supuesto que esto no es una historia de amor.
No es una historia de nada.
Es electricidad.
De esa que levanta el cabello y detiene los mordiscos a la baguette.

Y los ojos estaban en un chico equipado para ir a la montaña,
como los botones están dentro de una caja de galletas.

Una mochila donde cabía un mundo y unos ojos con un espejo y con unos cuchillos en las pupilas.

Por supuesto que esto no es una historia de amor.
No es una historia de nada.
Simplemente me pregunto qué es la electricidad.
Porque me duelen los ojos después de haber estado dentro de otros ojos.
Si es una corriente de aire o es el espejo que estaba contenido en esos ojos o es haber abandonado el libro lleno de migas o si es la certeza de que el chico desaparecerá como quien se mete dentro de una almohada cuando llegan los intrusos.

Pero permanecerán los ojos.
Y yo dentro de esos ojos.

No recuerdo su cabello. Era corto. Como avellana.

Y no querría saber el nombre de esos ojos que llevaban a la persona porque lo único de lo que yo quiero hablar es de la electricidad al entrar allí,
y que todo relucía,
y había una bicicleta de montaña y tierra en las zapatillas y agua fría en las gargantas y los árboles llegaban por el ombligo.

Todos los árboles hundidos en el suelo
abrían las cabezas y expulsaban hojas mientras caminábamos.

Sé que estuve allí dentro.

Tengo zapatos adecuados para irme de ruta y entusiasmo por las bicicletas y los lugares donde no he estado.

Qué es la electricidad.
Fue un pozo retorcido donde hay permiso para estar callado y que nadie sepa lo que está pasando,
si se pronuncia una palabra
es trampa,
los ojos se desvían hacia una señal de alarma, un pie torcido o el chicle que se asoma entre unos dientes como una vecina curiosa en una ventana.

Quisiera escribir sobre unos ojos.
Pero sé que es como intentar contener el aire dentro de un bolsillo abierto.
Quisiera escribir sobre esos ojos que parecían todo lo que se llevan las estrellas al morir.

Pero esto no es una historia de amor.
No es una historia de nada.
Solo es el testimonio de un trayecto en la línea 3 de Madrid
y de cómo se puede viajar dentro de unos ojos que brillan y que son como todo lo que se llevan las estrellas al morir.

Igual que el hilo viaja en la boca de un pez,
y deja un remolino de arena revuelta, que golpea que perturba que se expande y se evapora,
al cruzar
el vientre del agua.

Pájaro azul sobre el dedo: técnica de los malos sueños

febrero 12, 2020 § Deja un comentario

Ese día todos despertaron con una araña enredada en la cabeza.

Perdida, solitaria araña que se envolvía en el cabello y procuraba irrumpir en los cráneos: paredes, pasillos, puertas oxidadas y ventanales donde ya había estado y todo aquello que ya había visitado esa noche que se produjo el cambio.

Llamaron a un 900 con insistencia. Todos desde cada una de sus casas.

Una pitonisa que vivía en una ciudad donde no llegaba la luz atendió las llamadas una por una.
Ese día facturó lo suficiente para comprarse una isla y pasear por ella con un sombrero de plumas de pavo real en la cabeza.

Le preguntaban con ansias cómo controlar los sueños. Cómo evitar que regresaran aquellos que estaban callados, perdidos en una costa dorada o con intenciones de viajar a Londres, o aquellos que se estaban preparando una taza cargada de café de vainilla mientras reían por algo que nunca jamás podrías averiguar.

Porque esa noche muchos soñaron con una risa que estaba guardada en el cajón.

Y una chica de pelo sucio soñó con un pijama blanco de cuadros azules. Y con unas manos de piel seca. Y con una cabeza despeinada como la castaña de Neruda.

Y un chico soñó con un pájaro azul que le cabía en una uña. Y el pájaro se sostenía del borde del dedo, patitas negras como las notas de un pentagrama. Y el pájaro se negaba a volar más allá de una mano y el chico buscaba un compañero igual de azul e igual de pequeño que pudiera entretener al ave mientras esta batía las alas diminutas y miraba con sus ojos redondos y negros. Ojos de juguete.

El chico despertó con un temblor en el dedo índice de la mano derecha.
Y la marca de las patitas de un pequeño pájaro azul que ya se había ido.
Los pájaros azules vuelan deprisa cuando dejamos de mirarlos.

Y otra chica soñó con una mujer que se agarraba a una máscara de oxígeno y que luchaba por salir de una cama sin patas, y cerraba los ojos y gritaba que más luz, más luz porque ya no veía nada.
Y alguien le susurraba que tenía los ojos cerrados.
Pero ella estaba agonizando y en su estado de muerta viviente levantaba los brazos y pretendía arrancarse una mascarilla que en realidad estaba cosida a su boca.

Y por todos esos sueños muchos se levantaron con una araña negra coronando cada cabeza.

Y llamaron a la pitonisa.

Y le preguntaron cómo hacer para detener los chicos de pijama de cuadros, los pájaros azules que cabían en una uña y las máscaras de oxígeno cosidas a la cara.

Y uno a uno fue escuchando una respuesta que cayó sobre sus espaldas como una pared llena de piedras.
-Porque no se puede hacer nada.
Dijo.
-Únicamente dormir con una pistola bajo la almohada para espantar los malos sueños cuando estos aparecen.

Por supuesto, nada de esto era cierto.

Ella se compró una isla.

Y en la ciudad invisible siguió habiendo malos sueños.