Descripción de la fauna fantástica

junio 15, 2021 § Deja un comentario

Una avispa entra en un ladrillo. Y se acomoda lentamente. Las alas. Deja el sombrero.

Coloca las patas.

Coloca un espejo y comprueba el cable de la televisión.

Y mantiene el equilibrio.

Las patas astutas buscando el espacio preciso para estirarse. Un colchoncito apropiado. Mesilla de noche con bombilla de Ikea. Y la fotografía de la Avispa Mayor para rezarle después de la cena.

La pared no sabe que una avispa entra en un ladrillo.

Por supuesto nunca pedirá permiso.

Transporte de viajeros. Autobús de señorita Pepis. Todo del tamaño de un anillo dentro de un huevo de Pascua pequeño.

Una avispa entra en un ladrillo.

No sé si escapará.

Do re mi. Do re fa.

Yo la vi cuando estiraba la rodilla y con la mano llegaba al suelo.

Y el suelo que tiembla un poquito pero no sabe que la pared sostiene una avispa dentro de un ladrillo.

Y así sucedió cuando él vino. Él o tú, porque es todo lo mismo en realidad. Desde los etruscos un lápiz pinta símbolos que caminan vacíos en barcos por el mundo.

Entraste poquito y lentamente.

Una cara recién lavada y limpia. Mascarilla para protegerse. Y la palidez de las cosas que todavía no despertaron.

Esas personas peligrosas.

Chocapic en una taza y un reloj estropeado.

Un perchero que hablaba sobre morfología y un sol en la ventana.

Do re mi. Do re fa. Suspenso en materiales urbanos.

La avispa que entra en la pared como tú entrabas en los huesos a pesar de que yo siempre llevo paraguas y capucha y un manual de recursos literarios y otro manual sobre la fauna más fantástica.

Capítulo IV.

La avispa pliega sus alas que son dos uñas negras que si soplas se pulverizan.

Y la pared no sabe que ella también es avispa.

Y mantiene el equilibrio.

Como yo no sabía que estabas dentro de un hueso o de la clavícula y te llevaba como se lleva la bandera de un club clandestino. El carné cosido en la cartera. Una cara recién lavada y limpia. Mascarilla. Porque estamos en esos tiempos donde debajo puede haber lagartijas, serpiente de cascabel, una falange arrancada o un pájaro que no puede gritar. Cualquier cosa dentro de la boca.

Llevas las maldiciones en cajas pequeñas de pipas de girasol.

Él o tú, porque no soy de utilizar pronombres. Todos se parecen demasiado cuando les miras a los ojos.

La avispa en el ladrillo cierra los ojos. Mascarilla para protegerse. Debajo oculta la luna y un grifo que pierde agua. Hay espacio suficiente para dormir.

Y tú, porque eres tú, que no pides permiso para moverte. Autobús de señorita Pepis. La cara recién lavada y el pelo sufriendo los cambios propios de estos tiempos. Manual sobre la fauna fantástica.

Capítulo IV.

Descripción de los muchachos que no saben mantenerse en equilibrio y que se sientan sobre un ladrillo y que mueven los árboles y que vienen galopando con un cuchillo en la mano y una caja de maldiciones del tamaño de una pipa de girasol.

Página siete.

La avispa que duerme dentro del ladrillo. O en el oído de un príncipe en coma en la planta del hospital de Avenida de América. Forma su nido con espuma de afeitar, y la avispa merienda chocapic en vaso de cristal verde. No pide la cuenta. Reza a la Avispa Mayor antes de acostarse.

Y tú o él, que eres tú pero que apareces en el capítulo IV página siete y que vienes a los lugares sin pedir permiso. Con una caja de maldiciones y una cara recién lavada y limpia.

Seguro que en la boca el cuchillo. Y la luna, pero pequeña. Pues estás en el anexo del manual de fauna fantástica, y nunca en el principio. Viajaste a los lugares que empiezan a pulverizarse como las alas de la avispa que duerme dentro del príncipe que tiene un ladrillo bajo la oreja y piensa en los pronombres. Los más adecuados. Pero todos se parecen. En un mismo grito pueden caber todos los grupos sanguíneos. Igual que en una misma pared duerme la avispa pequeña

e igual que tú dormías en mis ojos sin pedir permiso.

Recemos. Capítulo IV.

Dejaste el sombrero, manos lavadas. Apagamos la televisión por cable justo cuando la pared empezaba a tambalearse.

Pero por desgracia

gritaron las furias y despertaron a las bestias

porque tú o él pero sé que eras tú aunque te pareces,

por aquello de que todos los muchachos son en realidad el mismo pero diferente,

no supiste tampoco

mantener el equilibrio.

Pero dormías en mis ojos sin pedir permiso, manos en la boca, y en la boca el cuchillo.

secreto

enero 31, 2021 § Deja un comentario

Quiero algo muy pequeño:

es alto como la luna pero cabe en un suspiro.

Me gustaría tenerle.

Y meterme en sus ojos.

Que tienen chispas marrones, y chispas doradas, y chispas que saltan de los párpados.

Que fuera posible gracias a los dioses

que entrara en mi casa de mi mano.

Y meterme en sus ojos.

Es un secreto.

Y como todos los secretos

cabe en un suspiro.

Mis libritos publicados

octubre 13, 2020 § Deja un comentario

Manual para la comprensión del insomnio (El Transbordador, 2019)

El circo volador (Versátiles Editorial, 2020)

Dos editoriales de poesía independientes, tradicionales, que apostaron por mi obra.

Porque, como Blanche DuBois, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos.

Sobre escribir en los márgenes de los libros

agosto 24, 2020 § 1 comentario

Tengo de nuevo La inmortalidad.

La tuve una vez hace muchos años, en otras circunstancias, con las mismas manos.

Y me refiero al libro de Kundera. Inmortales somos hasta que dejan de pensarnos, eso lo sabemos todos.

El libro tiene pasajes subrayados, siempre a lápiz, como ha sido una característica de mis lecturas desde los inicios: subrayar palabras y frases que te hacen temblar pensando que la mina fina del lápiz atraviesa tu cráneo como un punzón, y así graba con mayor facilidad esas ideas que quieres que perduren. Pero cómo van a perdurar entre los empujones de los sueños

(bajé las escaleras de la tienda de muebles Acevedo, atravesé construcciones de Lego y mi hermano iba detrás de mí como van los hermanos pequeños; yo quería una mascarilla de colores y el almacén estaba lleno de juguetes a rebosar y una oscuridad dickensiana entre padres alegres jugando con aviones mecánicos)

y cómo pueden perdurar esas ideas

(una gaviota se lamenta sobre un tejado)

cuando puedes permanecer dos semanas sin comer con una pala en tu cerebro, cuando ves pintadas por las paredes

(Dios no existe y tú tampoco)

y mezclas los libros con la realidad y con los sueños. Como le puede suceder a cualquiera. Una planta de hojas brillantes en la cabeza, existe o fue algo que soñaste el otro día o que inventaste para una imagen en un verso perdido.

Es lógico que uno regrese a las lecturas. Es necesario. Es un himno, una voz que pide agua en el desierto.

Y en mi lectura de La inmortalidad vi esos pasajes que subrayaba hace años, con las mismas manos pero otras circunstancias diferentes que me obligaban a fijarme en cómo Dalí y Gala comían un conejo como acto de amor, cuando ahora me detengo en el pasaje ese que nos dice que aquellos que persisten en sus ideas como estandarte de su Yo lo que hacen es convertirse en menos individuos y más colectivos. “Yo soy animalista, yo soy comunista, yo soy antifascista, yo soy fascista”, y acepta así a ese Yo, adherido a una idea de la que no se despega como con cierta rabia, volviéndose menos individuo.

Pero esto no llamaba mi atención hace años, con 22 o con 23, cuando me asomé a la Inmortalidad en otras circunstancias pero con las mismas manos.

Y en uno de los márgenes anoté: SUJE AZUL/ TOALLA.

Y en otro margen anoté: COMO HOY. Y una pequeña flecha. Y ese “como hoy” se me escapa, la referencia late con seguridad: es la escena en la que una muchacha grita que ella solo se ducha con agua fría, demostrando ante la audiencia lo original que es, aunque por supuesto la otra mitad de la población actúa como ella. Y yo escribí “COMO HOY”.

Nunca sabré a qué aludía con ese COMO HOY.

Y eso me hizo pensar que en cierto modo somos extraños. Extraños para uno mismo. ¿Quién era la Alicia que escribía COMO HOY, llenando de migas (que cayeron) el libro de Milan Kundera? ¿Quién era, en esa realidad presente de Alicia, la chica que gritaba exacerbada que amaba la ducha fría mientras la audiencia callaba como respuesta?

Tenía las mismas manos.

Pero cuántas Alicias hubo y cuántas habrá que se irán cayendo por los pozos, que se irán evaporando como una lluvia fina en primavera cubriendo la tierra.

Ese guiño que hice no fue para el futuro, no fue para recordarlo: fue un impulso al observar que Kundera escribía sobre algo que yo podía identificar. Esa chica insolente que perturbara la paz de la sauna imponiendo su personalidad.

Nunca sabré qué me sucedió ese HOY.

Aunque este no es un mensaje de desaliento, sino al contrario. Desconozco lo que ese Yo perdido en el pasado experimentó con ese pasaje que le hizo escribir COMO HOY. HOY. Un símil que se me escapa como una cerilla que empieza a consumirse en los dedos.

Creo que el que lea esto entenderá ese vértigo al vernos extraños, una baraja de desconocidos con un rostro más o menos similar que se van reflejando en espejos que son un HOY y otro HOY y otro HOY…en un laberinto donde todos nuestros Yo van cayendo por los pozos, por las escaleras, por los agujeritos del suelo como fideos en un colador.

Y vamos dejando notas en los márgenes para nosotros, para el presente, como una grapa poco práctica en el cerebro, que leerán los futuros Yo. Y muchas de esas notas no las volveremos a leer (eso quizá nos conecta más con la muerte: ese libro enterrado entre mil donde anotamos algo o subrayamos un pasaje al que no volveremos nunca más).

No sé qué dije con COMO HOY y nunca sabré qué aconteció ese día.

Y ser un extraño para uno mismo encierra cierta magia.

Un montoncito de posibilidades empaquetadas, aleteando con fuerza dentro de un bolsillo.

Pelo como

julio 18, 2020 § Deja un comentario

el oro.

Tenías.

Tú.

El aire que no llegaba

julio 6, 2020 § Deja un comentario

Eran las dos de la mañana y la ventana abierta y el aire que no llegaba.

Que no llegaba.

Y un cuerpo sobre la cama en posición de batalla, puños dolidos, boca abierta, ojos despiertos.

Eran las dos de la mañana y la ventana abierta y el aire que no llegaba.

Que no llegaba.

Un aleteo de plumas vino de lejos, de los lugares donde se guardan los sofás rojos y se sirven los canapés en bandejas de plata, de los lugares donde la gente cumple todavía los ritos y visten limpios trajes de chaqueta bordados con hilo de oro.
Nadie habla si no es absolutamente necesario.
Tampoco se dan la mano.

Y el aleteo sobre la repisa de la ventana,
encima de los petrificados restos de paloma.

El cuerpo tenía en el estómago una ensalada de pasta y cereales con leche fría.

Un pensamiento sobre el futuro como una nube en un ojo.

Las manos bajo la almohada. Sin pijama. Un vaso con la dentadura.
Y el aire que no llegaba.

El aleteo era negro y tenía el pico abierto.
Alguien escribió en Twitter una cita como un pan fresco que entró en la garganta y se quedó dando golpes porque los panes ricos no se pueden digerir a las dos de la mañana. Casi tres. Alguien desconocido con un gorrito gris y mucho sueño escribió unas palabras que llegaron hasta la calle X y el sonido de una moto que ya se iba.

Las palabras con trenzas gordas y ceniza
atadas a las patas del aleteo
del pájaro-aleteo que era negro y tenía plumas con las que barría los cadáveres por el suelo.

Solo me miró con los cristales de sus ojos
que parecían brujas que viven en un cráneo pequeño.
Dos brujas vestidas de negro.
Dos brujas redondas brillantes a las tres de la mañana y ese aire que no llegaba.

Que no llegaba.

En su pico un bolígrafo sin tinta.

-No escribe.

El pájaro poquito sabía de escritura y de fuente o tipo de letra. Corrección de estilo. Inglés/español. Tamaño 12 interlineado. Porque vino de los lugares donde los caballeros son de plata y todavía se limpian la boca tras llevarse un bocado, y caminan kilómetros hasta llegar a los altares. Y allí duermen una siesta de tres días.

El pájaro me vio levantarme.
Elegir un rotulador.
Prueba en la rodilla, en el brazo.

Mientras tanto, su pico en mi pecho
toc toc toc
arterias, esternón, toc toc toc
hasta que llegó a lo que late
y allí fue desmenuzando toc toc toc
a las tres de la mañana

sus dos brujas y su pico y sus plumas en mi nariz haciendo las cosquillas que tienen los niños cuando los persigue una mano.

Escribí lo que me dictó.
Palabra por palabra un ruego en tinta de rotulador negro, esa que dice la tía Maribel que es veneno y que se absorbe y que nunca se va del todo. Ella es química. Fuma con las uñas pintadas de rojo.
Y si seguimos esa teoría las palabras quedaron dentro atravesando los poros mientras el pájaro iba devorando y cuando al fin terminó la frase y solté el rotulador que cayó el suelo
-un bebé comenzó a llorar-
se fue a la ventana de la que no llegaba el aire,

que no llegaba.

Y allí se quedó muy quieto.
Me mira de vez en cuando. Come semillas. Vigila con la cabeza estirada y la elegancia de algo que está vivo pero no sabe hablar.
Espera que mi brazo borre la frase. Y entonces volverá al pecho. Volverá a la arteria. Al esternón, que tiene nombre de ciudad hostil dentro de una cáscara.

Volverá a lo que late y que ya apenas se mueve y meto la mano y encuentro solo plumas negras y trocitos de hueso.

Cerré la puerta. Le puse más semillas, agua dulce, limpié la ventana.

El aire que no llegaba.

Oración

junio 18, 2020 § Deja un comentario

Dadle un poquito de pan.
Porque empieza a tener frío.

Tenías el pelo como el oro

junio 5, 2020 § Deja un comentario

Tú.

 

Texto sobre las chicas interesantes que están en el mundo

febrero 11, 2020 § Deja un comentario

Últimamente solo conozco chicas interesantes.
Chicos, no.
Chicos interesantes, no.

Solo chicas interesantes que te miran con los ojos muy abiertos y escuchan y te hablan de libros, de poesía, sacan colgantes de los cajones
colgantes con piedras incrustadas,
y te los muestran como pequeños tesoros.

Chicas que hacen empanadas de carne y preparan platitos con trozos de queso en forma de estrella.
Que se pasan la lengua por los labios antes de establecer una máxima. Y chicas que beben en vasos de nocilla.
Y que hablan toda la noche y que hacen callar a los gallos.

Últimamente solo conozco chicas interesantes.
Chicos, no.
Chicos interesantes, no.

Porque la diferencia es que las chicas te escuchan con los ojos muy abiertos. Ojos azules como el jersey que las envuelve,
y ojos grandes y oscuros,
y ojos redondos y ojos despiertos. Chicas que se hacen sus propias bufandas. Chicas que bordan en casa mientras escuchan la radio o la lluvia.
Y siguen bebiendo y comiendo empanada y escuchándote hasta que se hace de noche.
Entonces todo se vuelve mucho más feroz y no las conocías pero te escuchan como si siempre hubieran estado ahí.

Esa es la diferencia.
La sutil y grande diferencia.

Como el policía que encuentra la huella en el bosque.

Porque los chicos escuchan hasta que se hace de noche y entonces miran lo que hay debajo de la ropa. Hay siempre algo cálido debajo de la ropa. Y en ese momento no hablas más porque no tienes nada más que decir.

Y ellos tampoco.

Las chicas siguen hablando y recuerdas sus nombres. Cris, Andrea, V., Amanda, Paula, Flor.

La que vive al lado de la casa embrujada que fue lugar de botellón y que ahora solo es hojas y ruina.
La que tiraba los dados en el casino de Torrelodones.
La que busca un disco dentro de un libro de poemas.
Son chicas interesantes.

Que abren la boca y que se tragan la noche con ellas y que te miran con los ojos muy abiertos hasta que es la hora de ponerse el abrigo y coger las llaves y coger otra empanada.
La última.
Mientras se arreglan la coleta y te insisten en que vayas a ver la película y que escribas sobre el sueño y que los insomnios acaban curándose.

Últimamente solo conozco chicas interesantes.

Y me he dado cuenta ahora,
con las piernas llenas de tierra,
a la vuelta de ir a correr por el parque como un rayo en medio de los árboles.
Y las llaves doradas en el puño.

Pensaba en Cris, Andrea, V., Amanda, Paula…
Y las chicas interesantes que conocí ayer y que conocí el sábado pasado. Y en diciembre.
Chicos, no.
Chicos interesantes, no.

No de los que beben cerveza y les cuelgan los pies desde la terraza.

Especialmente he conocido chicas interesantes.
Y hoy supe que era un alivio y que tenía que dar las gracias.

Porque todavía nos quedan ellas.

Un sábado de febrero: uñas de oro y el chico de los versos

febrero 9, 2020 § Deja un comentario

Vivo en la casa de las palomas y de las uñas de oro.

Las palomas compran pan en las plazas y las uñas se clavan en los brazos porque el oro impulsa el frío y el frío son huesos atados en un manojito esperando ser quemados.

Vivo en la casa de las palomas y de las uñas de oro.

Lo supe esta noche cuando cruzaba la puerta y abría la valla con una llave que pesa demasiado. Como un augurio sobre la espalda. Y en el primer banco de humedades me senté con toda la carga de un bolso encadenado y un dni y un bono de viaje y ninguna moneda pero un billete doblado
y las llaves todavía en la mano.

Por si acaso a alguien se le ocurría preguntar
qué haces a estas horas en un jardín vacío sin nada alrededor pero con un cielo abierto y una rama de árbol y los pies evitando el suelo.
Qué haces y si vives aquí o estoy imaginando a una chica de pelo oscuro con unas llaves de la mano.

Yo hubiera contestado que siempre me vi en los espejos y que me busquen en los lugares que se olvidan de barrer,
porque todavía creo que el polvo sostiene partículas de luz que se posan sobre las uñas de oro y que las palomas habitan las casas donde hay alimento.

Aunque nadie vino esta noche.
Y nadie vendrá mañana a preguntarme qué haces sobre un banco húmedo y agarrada a un disco y con los versos cruzando tu cabeza como una sierra que destroza la corteza de un árbol antiguo.

Vivo en la casa de las palomas y de las uñas de oro.

Por la noche las palomas se ocultan en los agujeros y las uñas se meten en las bufandas y recorren los bolsillos.

Así que ayer pude no haber estado en ese banco ni en esta casa pero recuerdo mantener las llaves en mi mano por si alguien me preguntaba si tenía un lugar donde ir.

No miento:
no sé si hubo silencio porque recuerdo una ventana que se apagó y este gesto me indicó que los ojos siempre están atentos aunque tú no los veas, y que tras las paredes hay brazos y manos y pies que se arrastran y se sirven copas de vino que estallan en los labios y que aunque todo acabe destruido,
permanece la esperanza dentro del sonido de una radio en una cocina abandonada.

Como una cría en el vientre.

Y todo esto lo cuento porque ayer sobre el banco con los versos atravesados y el mareo previo a la cama y el delirio como las olas de un mar enfurecido
me contenía dentro de un abrigo de botones dorados y una camiseta ligera que parecía que nunca había estado conmigo.

Y la noche eran unos versos de un chico que abría la boca y cantaba muy alto y cantaba demasiado deprisa y yo estaba dentro de su canción y dentro de una autopista feroz centelleando luces de neón y cadáveres de insectos por el asfalto. Y creo que dije

Detente
Y creo que dije
Va demasiado rápido.

Y sin embargo el chico seguía cantando y los pies buscaban una vela y yo en el abrigo que era parte de un cuerpo y la noche sobre una rama y la rama encima de mi pelo.

Y luego vinieron la selva y los pastos y la casa en la que es mejor que nunca entres porque te pueden matar al tocar la puerta.
No aceptan invitados.

Antes de ese monte que brillaba como una chica cuando sabe que conocerá su primera fiesta,
estaba sobre un banco y el chico dentro de mi boca y yo repitiendo todas las cosas que él me aconsejaba y que tuviera cuidado con los gritos porque hay ojos tras las ventanas y que tuviera cuidado con la rama y que todos los poetas una vez murieron tras mirar la luna.
Creo que en ese punto mi voz no era mía sino que era del chico y él estuvo conmigo hasta que ya no hubo más estrellas porque todas estaban muertas y nadie las podía ver.

Ocultas tras una nube oscura y ocultas en la casa donde viven las palomas y arrancadas del abismo por unas uñas de oro.

Me levanté y pesaba doscientos kilos en cada pierna y el pelo sobre los ojos y los versos en la lengua como una amenaza.

Las llaves en la mano.

Por si alguien me preguntaba qué estaba haciendo a esas horas y con los ojos negros y la boca roja y recuerdo que me presenté en el espejo y vi cristales en pupilas y vi que faltaban ellas y faltaba la cocina de fuego y faltaba la idea de todo lo que va a venir cuando compruebas que el buzón todavía está vacío.

Fue un vértigo de espaldas inclinadas sobre un puente.
El ahogo de una estatua que piensa que puede articular palabras como el que fabrica plumas para un cuello.
No evité reírme un rato a pesar de que ya me habían advertido que está mal reírse a las tres de la mañana cuando has perdido el autobús y cuando hay gente durmiendo y sobre todo cuando las palomas no pueden vigilar lo que estás haciendo.

Llevé al chico conmigo.

Cabemos los dos en el ascensor.

Y entró en la casa de las palomas y me enseñó sus uñas,
que eran de oro,
se calló cuando supo que había alguien durmiendo y yo me callé cuando vi que íbamos a caernos al suelo porque la noche pesaba sobre la cabeza.

Puso sus uñas en mi cara y las palomas despertaron.

Había alguien durmiendo hecho un hatajo de sábanas y un bulto con pulmones apretados.

El chico ya no me dijo más versos.

Sus uñas eran de oro, con las puntas de los dedos azuladas
y me aconsejó consultar a los sabios y me puso un pájaro en la columna vertebral como un equilibrista que no sabe el día exacto que va a morir.

Dormí en una selva de hojas grandes que atravesamos como el cuchillo que corta un pan.

Sus uñas era de oro,
las puntas de los dedos azuladas,
y recuerdo que había alguien durmiendo.