Giro en el kilómetro 3,95

enero 23, 2021 § Deja un comentario

En el kilómetro 3,95 doy la vuelta.

Otros eligen llegar más allá, más adelante, pasando los columpios y los árboles caídos,

y se hacen añicos en un punto indeterminado del parque del río cubierto de patos.

Me detengo en el 3,95.

Que está señalizado con un gran medallón de tormenta color plateado y color sucio.

Y algunos ojos que cuelgan ven que doy la vuelta y lo que estaba delante de mí, de las cejas, de los dientes, de la nariz un poco colorada, todo aquello que abría las piernas ante la llegada de mis zapatillas Adidas blancas se queda detrás. Como un mal pensamiento que acaba dentro de una botella de cristal.

Parece algo muy suave, muy sutil, como una manta sobre los pies.

Pero es tan cierto que nadie se da cuenta de la importancia que tiene comprender que todo lo que estaba delante y te estaba saludando y anhelando tu llegada o tus pasos llenos de barro, tu chicle en la boca, las llaves en la mano

todo eso

queda en la espalda con el gesto de un mínimo giro sobre el medallón de plata sucia.

Kilómetro 3,95.

Y a veces sucede que pedimos perdón. Oye, lo siento, no quería pasar por ahí aunque me estaba adelantando, te estaba diciendo “ahora voy” pero nunca llegué del todo. Y quedó al fondo la gente hecha añicos, los pedazos de los patos que se perdieron al volar sobre la tierra, las bolsas de patatas fritas enredadas en la hierba, la niña esa tan bonita matando con furia los insectos bellos. La voz que pedía auxilio.

Las cosas que nunca llegaré a ver.

Que nunca llegué a ver.

Porque me doy la vuelta en el kilómetro 3,95.

Y lo que me estaba esperando queda prendido de las paredes,

fotografías antiguas en una casa que nadie habita.

Y vuelve a venirme de frente todo lo que pensé que estaba perdido.

Carácter de Piscis [periódico]

diciembre 28, 2020 § Deja un comentario

Les gusta la lluvia porque es un zep,

a los cespes les gusta la lluvia. Pueden respirar dentro de ella. Hacer burbujas. Se lamen las escamas. Los cespes no son azules, esos son los que venden en el supermercado.

-La diferencia está en que unos están muertos y los otros no.

Lo dijo un profesor de Lingüística que escupía al hablar. Hilillo de baba en la boca.

La diferencia está en que unos están dentro del agua, y los otros sobre ella. Tienen un universo mojado donde las aletas se cruzan y chocan como petardos. Se dan los buenos días. Las buenas noches con los ojos cerrados.

Un Piscis se abrocha todos los botones.

También dentro del agua.

Hace más frío.

Siempre elige Kit-Kat de chocolate con leche si hay uno sobre la mesa. Fanta de naranja. Es importante añadir que un Piscis confunde el pasado con el presente, y a veces, con el futuro. Como un fantasma que acaba de subir a un autobús a la plaza Elíptica. O una adivina que no encuentra los comodines.

-S. no me devolvió la llamada…me hacía bonitos regalos en Navidad.

-S. no vive en la ciudad.

-Ah… cierto. No recuerdo cuándo acabó todo.

Muy lejos de esta conversación, en otro universo, dentro de un mar pequeño, S. duerme plácidamente la siesta, su acuario sufriendo sed, ruido de bronquios sobre el sofá, la televisión encendida. Anuncio de lejía:

-Lave siempre con Neutrex. Su ropa blanca. Su ropa azul.

S. no recuerda que una vez estuvo al lado de un zep. Iba a restaurantes vegetarianos, tiraba de la cisterna, tenía un pequeño neceser con una colonia que olía a café y a vainilla.

Luego se lo llevó todo dentro de una caja de cereales de lata Smacks de Kellog’s.

S. se quedó dormido en el sofá.

Si abres la caja de Smack’s, ves a S. ahí en el fondo, durmiendo.

Como el recuerdo de un cántico dentro del árbol. Coro de niños y avestruces.

Unos pocos pelos de S., un hueco que tiene uñas, unos post-it y su letra como una elegía.

A los Piscis les gusta la lluvia porque son un zep.

Varios zep.

Los cespes viven en jarrones, estampados con trazo fino, visitan bebés famosos  y en una obra de teatro de primaria pueden representar el papel de globo. No hablan español. Tampoco inglés.

Les gusta comprar ropa por internet, ropa con diamantes diminutos en el cuello y en los codos, y en la línea de las escamas. Dejan un rastro de saliva al caminar, porque con facilidad se despegan del suelo. Tienen tendencia a la borrasca. Inundan habitaciones con cuatro palabras pronunciadas al revés, una por cada burbuja. Fuman.

Es un zep que canta en la ducha.

Cuando sale, lleno de jabón en la cabeza, a veces no recuerda en qué baño está. Si es el baño de la abuela alta, si es el baño del hotel, si es el baño de Vigo, si es el baño de…

Todos los baños son iguales.

Lo único que cambia es el aire en la cara cuando abres la puerta.

Un zep con cáscara de cartón retorcida en el cuello.

Con tendencias suicidas.

Como un delirio encadenado.

Pisando suave por las alfombras,

adivinando el tipo de suelo.

amor platónico como un colgante en el cuello

diciembre 6, 2020 § Deja un comentario

Tengo un amor platónico.

Es platónico porque tiene plata o yo creo que debajo de todo lo que esconde hay plata, de esa que brilla cuando le pasas un trapito.

Pasan los días y pasan los nombres pero no los amores platónicos.

Esos siempre se quedan dentro.

Mis libritos publicados

octubre 13, 2020 § Deja un comentario

Manual para la comprensión del insomnio (El Transbordador, 2019)

El circo volador (Versátiles Editorial, 2020)

Dos editoriales de poesía independientes, tradicionales, que apostaron por mi obra.

Porque, como Blanche DuBois, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos.

La niña sobre los hombros

octubre 4, 2020 § Deja un comentario

En el parque unas manos agarrando las puntas de los árboles.

Y una niña sobre una cabeza, como un monstruo que se deja arrastrar por la corriente de un río batido de telas blancas.

Una niña y unas manos con las puntas de los árboles

o de las algas

y el padre como el vigía de la corriente y como el monstruo que se deja arrastrar.

Nadie vio su cara.

Levantaba los brazos como si levantase una muñeca abandonada en autopistas de noche, con un movimiento de seda y de cosa demasiado importante.

Pasó un autobús vacío sobre el puente de piedra.

La niña y sus dedos tocandotodoloque pendía sobre su diadema de oro y plástico.

Tenía el pelo castaño y liso.

Nadie vio su cara.

Yo siempre fui de chicos rubios. De niñas pelirrojas. De autobuses vacíos.

Los árboles con miedo a las uñas de purpurina. Uñas diminutas capaces de aniquilar un balbuceante hormiguero y dejando un rastro de estrellas essence.

Y el padre

como un monstruo de dos cabezas y dientes que mordían la hierba.

Cuatro sombras atravesaron la espalda

como una cruz sobre un tejado.

Una niña demasiado pesada doblando la cabeza de un monstruo

agarrada a las puntas de los árboles

con un autobús sin viajeros.

El parque nunca lo cerraron.

La niña, dentro,

sobre una cabeza y unos hombros manchados de café.

Nadie vio su cara.

Sobre escribir en los márgenes de los libros

agosto 24, 2020 § 1 comentario

Tengo de nuevo La inmortalidad.

La tuve una vez hace muchos años, en otras circunstancias, con las mismas manos.

Y me refiero al libro de Kundera. Inmortales somos hasta que dejan de pensarnos, eso lo sabemos todos.

El libro tiene pasajes subrayados, siempre a lápiz, como ha sido una característica de mis lecturas desde los inicios: subrayar palabras y frases que te hacen temblar pensando que la mina fina del lápiz atraviesa tu cráneo como un punzón, y así graba con mayor facilidad esas ideas que quieres que perduren. Pero cómo van a perdurar entre los empujones de los sueños

(bajé las escaleras de la tienda de muebles Acevedo, atravesé construcciones de Lego y mi hermano iba detrás de mí como van los hermanos pequeños; yo quería una mascarilla de colores y el almacén estaba lleno de juguetes a rebosar y una oscuridad dickensiana entre padres alegres jugando con aviones mecánicos)

y cómo pueden perdurar esas ideas

(una gaviota se lamenta sobre un tejado)

cuando puedes permanecer dos semanas sin comer con una pala en tu cerebro, cuando ves pintadas por las paredes

(Dios no existe y tú tampoco)

y mezclas los libros con la realidad y con los sueños. Como le puede suceder a cualquiera. Una planta de hojas brillantes en la cabeza, existe o fue algo que soñaste el otro día o que inventaste para una imagen en un verso perdido.

Es lógico que uno regrese a las lecturas. Es necesario. Es un himno, una voz que pide agua en el desierto.

Y en mi lectura de La inmortalidad vi esos pasajes que subrayaba hace años, con las mismas manos pero otras circunstancias diferentes que me obligaban a fijarme en cómo Dalí y Gala comían un conejo como acto de amor, cuando ahora me detengo en el pasaje ese que nos dice que aquellos que persisten en sus ideas como estandarte de su Yo lo que hacen es convertirse en menos individuos y más colectivos. “Yo soy animalista, yo soy comunista, yo soy antifascista, yo soy fascista”, y acepta así a ese Yo, adherido a una idea de la que no se despega como con cierta rabia, volviéndose menos individuo.

Pero esto no llamaba mi atención hace años, con 22 o con 23, cuando me asomé a la Inmortalidad en otras circunstancias pero con las mismas manos.

Y en uno de los márgenes anoté: SUJE AZUL/ TOALLA.

Y en otro margen anoté: COMO HOY. Y una pequeña flecha. Y ese “como hoy” se me escapa, la referencia late con seguridad: es la escena en la que una muchacha grita que ella solo se ducha con agua fría, demostrando ante la audiencia lo original que es, aunque por supuesto la otra mitad de la población actúa como ella. Y yo escribí “COMO HOY”.

Nunca sabré a qué aludía con ese COMO HOY.

Y eso me hizo pensar que en cierto modo somos extraños. Extraños para uno mismo. ¿Quién era la Alicia que escribía COMO HOY, llenando de migas (que cayeron) el libro de Milan Kundera? ¿Quién era, en esa realidad presente de Alicia, la chica que gritaba exacerbada que amaba la ducha fría mientras la audiencia callaba como respuesta?

Tenía las mismas manos.

Pero cuántas Alicias hubo y cuántas habrá que se irán cayendo por los pozos, que se irán evaporando como una lluvia fina en primavera cubriendo la tierra.

Ese guiño que hice no fue para el futuro, no fue para recordarlo: fue un impulso al observar que Kundera escribía sobre algo que yo podía identificar. Esa chica insolente que perturbara la paz de la sauna imponiendo su personalidad.

Nunca sabré qué me sucedió ese HOY.

Aunque este no es un mensaje de desaliento, sino al contrario. Desconozco lo que ese Yo perdido en el pasado experimentó con ese pasaje que le hizo escribir COMO HOY. HOY. Un símil que se me escapa como una cerilla que empieza a consumirse en los dedos.

Creo que el que lea esto entenderá ese vértigo al vernos extraños, una baraja de desconocidos con un rostro más o menos similar que se van reflejando en espejos que son un HOY y otro HOY y otro HOY…en un laberinto donde todos nuestros Yo van cayendo por los pozos, por las escaleras, por los agujeritos del suelo como fideos en un colador.

Y vamos dejando notas en los márgenes para nosotros, para el presente, como una grapa poco práctica en el cerebro, que leerán los futuros Yo. Y muchas de esas notas no las volveremos a leer (eso quizá nos conecta más con la muerte: ese libro enterrado entre mil donde anotamos algo o subrayamos un pasaje al que no volveremos nunca más).

No sé qué dije con COMO HOY y nunca sabré qué aconteció ese día.

Y ser un extraño para uno mismo encierra cierta magia.

Un montoncito de posibilidades empaquetadas, aleteando con fuerza dentro de un bolsillo.

Pelo como

julio 18, 2020 § Deja un comentario

el oro.

Tenías.

Tú.

El aire que no llegaba

julio 6, 2020 § Deja un comentario

Eran las dos de la mañana y la ventana abierta y el aire que no llegaba.

Que no llegaba.

Y un cuerpo sobre la cama en posición de batalla, puños dolidos, boca abierta, ojos despiertos.

Eran las dos de la mañana y la ventana abierta y el aire que no llegaba.

Que no llegaba.

Un aleteo de plumas vino de lejos, de los lugares donde se guardan los sofás rojos y se sirven los canapés en bandejas de plata, de los lugares donde la gente cumple todavía los ritos y visten limpios trajes de chaqueta bordados con hilo de oro.
Nadie habla si no es absolutamente necesario.
Tampoco se dan la mano.

Y el aleteo sobre la repisa de la ventana,
encima de los petrificados restos de paloma.

El cuerpo tenía en el estómago una ensalada de pasta y cereales con leche fría.

Un pensamiento sobre el futuro como una nube en un ojo.

Las manos bajo la almohada. Sin pijama. Un vaso con la dentadura.
Y el aire que no llegaba.

El aleteo era negro y tenía el pico abierto.
Alguien escribió en Twitter una cita como un pan fresco que entró en la garganta y se quedó dando golpes porque los panes ricos no se pueden digerir a las dos de la mañana. Casi tres. Alguien desconocido con un gorrito gris y mucho sueño escribió unas palabras que llegaron hasta la calle X y el sonido de una moto que ya se iba.

Las palabras con trenzas gordas y ceniza
atadas a las patas del aleteo
del pájaro-aleteo que era negro y tenía plumas con las que barría los cadáveres por el suelo.

Solo me miró con los cristales de sus ojos
que parecían brujas que viven en un cráneo pequeño.
Dos brujas vestidas de negro.
Dos brujas redondas brillantes a las tres de la mañana y ese aire que no llegaba.

Que no llegaba.

En su pico un bolígrafo sin tinta.

-No escribe.

El pájaro poquito sabía de escritura y de fuente o tipo de letra. Corrección de estilo. Inglés/español. Tamaño 12 interlineado. Porque vino de los lugares donde los caballeros son de plata y todavía se limpian la boca tras llevarse un bocado, y caminan kilómetros hasta llegar a los altares. Y allí duermen una siesta de tres días.

El pájaro me vio levantarme.
Elegir un rotulador.
Prueba en la rodilla, en el brazo.

Mientras tanto, su pico en mi pecho
toc toc toc
arterias, esternón, toc toc toc
hasta que llegó a lo que late
y allí fue desmenuzando toc toc toc
a las tres de la mañana

sus dos brujas y su pico y sus plumas en mi nariz haciendo las cosquillas que tienen los niños cuando los persigue una mano.

Escribí lo que me dictó.
Palabra por palabra un ruego en tinta de rotulador negro, esa que dice la tía Maribel que es veneno y que se absorbe y que nunca se va del todo. Ella es química. Fuma con las uñas pintadas de rojo.
Y si seguimos esa teoría las palabras quedaron dentro atravesando los poros mientras el pájaro iba devorando y cuando al fin terminó la frase y solté el rotulador que cayó el suelo
-un bebé comenzó a llorar-
se fue a la ventana de la que no llegaba el aire,

que no llegaba.

Y allí se quedó muy quieto.
Me mira de vez en cuando. Come semillas. Vigila con la cabeza estirada y la elegancia de algo que está vivo pero no sabe hablar.
Espera que mi brazo borre la frase. Y entonces volverá al pecho. Volverá a la arteria. Al esternón, que tiene nombre de ciudad hostil dentro de una cáscara.

Volverá a lo que late y que ya apenas se mueve y meto la mano y encuentro solo plumas negras y trocitos de hueso.

Cerré la puerta. Le puse más semillas, agua dulce, limpié la ventana.

El aire que no llegaba.

Oración

junio 18, 2020 § Deja un comentario

Dadle un poquito de pan.
Porque empieza a tener frío.

Tenías el pelo como el oro

junio 5, 2020 § Deja un comentario

Tú.