Mis libritos publicados

octubre 13, 2020 § Deja un comentario

Manual para la comprensión del insomnio (El Transbordador, 2019)

El circo volador (Versátiles Editorial, 2020)

Dos editoriales de poesía independientes, tradicionales, que apostaron por mi obra.

Porque, como Blanche DuBois, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos.

Sobre escribir en los márgenes de los libros

agosto 24, 2020 § 1 comentario

Tengo de nuevo La inmortalidad.

La tuve una vez hace muchos años, en otras circunstancias, con las mismas manos.

Y me refiero al libro de Kundera. Inmortales somos hasta que dejan de pensarnos, eso lo sabemos todos.

El libro tiene pasajes subrayados, siempre a lápiz, como ha sido una característica de mis lecturas desde los inicios: subrayar palabras y frases que te hacen temblar pensando que la mina fina del lápiz atraviesa tu cráneo como un punzón, y así graba con mayor facilidad esas ideas que quieres que perduren. Pero cómo van a perdurar entre los empujones de los sueños

(bajé las escaleras de la tienda de muebles Acevedo, atravesé construcciones de Lego y mi hermano iba detrás de mí como van los hermanos pequeños; yo quería una mascarilla de colores y el almacén estaba lleno de juguetes a rebosar y una oscuridad dickensiana entre padres alegres jugando con aviones mecánicos)

y cómo pueden perdurar esas ideas

(una gaviota se lamenta sobre un tejado)

cuando puedes permanecer dos semanas sin comer con una pala en tu cerebro, cuando ves pintadas por las paredes

(Dios no existe y tú tampoco)

y mezclas los libros con la realidad y con los sueños. Como le puede suceder a cualquiera. Una planta de hojas brillantes en la cabeza, existe o fue algo que soñaste el otro día o que inventaste para una imagen en un verso perdido.

Es lógico que uno regrese a las lecturas. Es necesario. Es un himno, una voz que pide agua en el desierto.

Y en mi lectura de La inmortalidad vi esos pasajes que subrayaba hace años, con las mismas manos pero otras circunstancias diferentes que me obligaban a fijarme en cómo Dalí y Gala comían un conejo como acto de amor, cuando ahora me detengo en el pasaje ese que nos dice que aquellos que persisten en sus ideas como estandarte de su Yo lo que hacen es convertirse en menos individuos y más colectivos. “Yo soy animalista, yo soy comunista, yo soy antifascista, yo soy fascista”, y acepta así a ese Yo, adherido a una idea de la que no se despega como con cierta rabia, volviéndose menos individuo.

Pero esto no llamaba mi atención hace años, con 22 o con 23, cuando me asomé a la Inmortalidad en otras circunstancias pero con las mismas manos.

Y en uno de los márgenes anoté: SUJE AZUL/ TOALLA.

Y en otro margen anoté: COMO HOY. Y una pequeña flecha. Y ese “como hoy” se me escapa, la referencia late con seguridad: es la escena en la que una muchacha grita que ella solo se ducha con agua fría, demostrando ante la audiencia lo original que es, aunque por supuesto la otra mitad de la población actúa como ella. Y yo escribí “COMO HOY”.

Nunca sabré a qué aludía con ese COMO HOY.

Y eso me hizo pensar que en cierto modo somos extraños. Extraños para uno mismo. ¿Quién era la Alicia que escribía COMO HOY, llenando de migas (que cayeron) el libro de Milan Kundera? ¿Quién era, en esa realidad presente de Alicia, la chica que gritaba exacerbada que amaba la ducha fría mientras la audiencia callaba como respuesta?

Tenía las mismas manos.

Pero cuántas Alicias hubo y cuántas habrá que se irán cayendo por los pozos, que se irán evaporando como una lluvia fina en primavera cubriendo la tierra.

Ese guiño que hice no fue para el futuro, no fue para recordarlo: fue un impulso al observar que Kundera escribía sobre algo que yo podía identificar. Esa chica insolente que perturbara la paz de la sauna imponiendo su personalidad.

Nunca sabré qué me sucedió ese HOY.

Aunque este no es un mensaje de desaliento, sino al contrario. Desconozco lo que ese Yo perdido en el pasado experimentó con ese pasaje que le hizo escribir COMO HOY. HOY. Un símil que se me escapa como una cerilla que empieza a consumirse en los dedos.

Creo que el que lea esto entenderá ese vértigo al vernos extraños, una baraja de desconocidos con un rostro más o menos similar que se van reflejando en espejos que son un HOY y otro HOY y otro HOY…en un laberinto donde todos nuestros Yo van cayendo por los pozos, por las escaleras, por los agujeritos del suelo como fideos en un colador.

Y vamos dejando notas en los márgenes para nosotros, para el presente, como una grapa poco práctica en el cerebro, que leerán los futuros Yo. Y muchas de esas notas no las volveremos a leer (eso quizá nos conecta más con la muerte: ese libro enterrado entre mil donde anotamos algo o subrayamos un pasaje al que no volveremos nunca más).

No sé qué dije con COMO HOY y nunca sabré qué aconteció ese día.

Y ser un extraño para uno mismo encierra cierta magia.

Un montoncito de posibilidades empaquetadas, aleteando con fuerza dentro de un bolsillo.

Pelo como

julio 18, 2020 § Deja un comentario

el oro.

Tenías.

Tú.

El aire que no llegaba

julio 6, 2020 § Deja un comentario

Eran las dos de la mañana y la ventana abierta y el aire que no llegaba.

Que no llegaba.

Y un cuerpo sobre la cama en posición de batalla, puños dolidos, boca abierta, ojos despiertos.

Eran las dos de la mañana y la ventana abierta y el aire que no llegaba.

Que no llegaba.

Un aleteo de plumas vino de lejos, de los lugares donde se guardan los sofás rojos y se sirven los canapés en bandejas de plata, de los lugares donde la gente cumple todavía los ritos y visten limpios trajes de chaqueta bordados con hilo de oro.
Nadie habla si no es absolutamente necesario.
Tampoco se dan la mano.

Y el aleteo sobre la repisa de la ventana,
encima de los petrificados restos de paloma.

El cuerpo tenía en el estómago una ensalada de pasta y cereales con leche fría.

Un pensamiento sobre el futuro como una nube en un ojo.

Las manos bajo la almohada. Sin pijama. Un vaso con la dentadura.
Y el aire que no llegaba.

El aleteo era negro y tenía el pico abierto.
Alguien escribió en Twitter una cita como un pan fresco que entró en la garganta y se quedó dando golpes porque los panes ricos no se pueden digerir a las dos de la mañana. Casi tres. Alguien desconocido con un gorrito gris y mucho sueño escribió unas palabras que llegaron hasta la calle X y el sonido de una moto que ya se iba.

Las palabras con trenzas gordas y ceniza
atadas a las patas del aleteo
del pájaro-aleteo que era negro y tenía plumas con las que barría los cadáveres por el suelo.

Solo me miró con los cristales de sus ojos
que parecían brujas que viven en un cráneo pequeño.
Dos brujas vestidas de negro.
Dos brujas redondas brillantes a las tres de la mañana y ese aire que no llegaba.

Que no llegaba.

En su pico un bolígrafo sin tinta.

-No escribe.

El pájaro poquito sabía de escritura y de fuente o tipo de letra. Corrección de estilo. Inglés/español. Tamaño 12 interlineado. Porque vino de los lugares donde los caballeros son de plata y todavía se limpian la boca tras llevarse un bocado, y caminan kilómetros hasta llegar a los altares. Y allí duermen una siesta de tres días.

El pájaro me vio levantarme.
Elegir un rotulador.
Prueba en la rodilla, en el brazo.

Mientras tanto, su pico en mi pecho
toc toc toc
arterias, esternón, toc toc toc
hasta que llegó a lo que late
y allí fue desmenuzando toc toc toc
a las tres de la mañana

sus dos brujas y su pico y sus plumas en mi nariz haciendo las cosquillas que tienen los niños cuando los persigue una mano.

Escribí lo que me dictó.
Palabra por palabra un ruego en tinta de rotulador negro, esa que dice la tía Maribel que es veneno y que se absorbe y que nunca se va del todo. Ella es química. Fuma con las uñas pintadas de rojo.
Y si seguimos esa teoría las palabras quedaron dentro atravesando los poros mientras el pájaro iba devorando y cuando al fin terminó la frase y solté el rotulador que cayó el suelo
-un bebé comenzó a llorar-
se fue a la ventana de la que no llegaba el aire,

que no llegaba.

Y allí se quedó muy quieto.
Me mira de vez en cuando. Come semillas. Vigila con la cabeza estirada y la elegancia de algo que está vivo pero no sabe hablar.
Espera que mi brazo borre la frase. Y entonces volverá al pecho. Volverá a la arteria. Al esternón, que tiene nombre de ciudad hostil dentro de una cáscara.

Volverá a lo que late y que ya apenas se mueve y meto la mano y encuentro solo plumas negras y trocitos de hueso.

Cerré la puerta. Le puse más semillas, agua dulce, limpié la ventana.

El aire que no llegaba.

Oración

junio 18, 2020 § Deja un comentario

Dadle un poquito de pan.
Porque empieza a tener frío.

Tenías el pelo como el oro

junio 5, 2020 § Deja un comentario

Tú.

 

Texto sobre las chicas interesantes que están en el mundo

febrero 11, 2020 § Deja un comentario

Últimamente solo conozco chicas interesantes.
Chicos, no.
Chicos interesantes, no.

Solo chicas interesantes que te miran con los ojos muy abiertos y escuchan y te hablan de libros, de poesía, sacan colgantes de los cajones
colgantes con piedras incrustadas,
y te los muestran como pequeños tesoros.

Chicas que hacen empanadas de carne y preparan platitos con trozos de queso en forma de estrella.
Que se pasan la lengua por los labios antes de establecer una máxima. Y chicas que beben en vasos de nocilla.
Y que hablan toda la noche y que hacen callar a los gallos.

Últimamente solo conozco chicas interesantes.
Chicos, no.
Chicos interesantes, no.

Porque la diferencia es que las chicas te escuchan con los ojos muy abiertos. Ojos azules como el jersey que las envuelve,
y ojos grandes y oscuros,
y ojos redondos y ojos despiertos. Chicas que se hacen sus propias bufandas. Chicas que bordan en casa mientras escuchan la radio o la lluvia.
Y siguen bebiendo y comiendo empanada y escuchándote hasta que se hace de noche.
Entonces todo se vuelve mucho más feroz y no las conocías pero te escuchan como si siempre hubieran estado ahí.

Esa es la diferencia.
La sutil y grande diferencia.

Como el policía que encuentra la huella en el bosque.

Porque los chicos escuchan hasta que se hace de noche y entonces miran lo que hay debajo de la ropa. Hay siempre algo cálido debajo de la ropa. Y en ese momento no hablas más porque no tienes nada más que decir.

Y ellos tampoco.

Las chicas siguen hablando y recuerdas sus nombres. Cris, Andrea, V., Amanda, Paula, Flor.

La que vive al lado de la casa embrujada que fue lugar de botellón y que ahora solo es hojas y ruina.
La que tiraba los dados en el casino de Torrelodones.
La que busca un disco dentro de un libro de poemas.
Son chicas interesantes.

Que abren la boca y que se tragan la noche con ellas y que te miran con los ojos muy abiertos hasta que es la hora de ponerse el abrigo y coger las llaves y coger otra empanada.
La última.
Mientras se arreglan la coleta y te insisten en que vayas a ver la película y que escribas sobre el sueño y que los insomnios acaban curándose.

Últimamente solo conozco chicas interesantes.

Y me he dado cuenta ahora,
con las piernas llenas de tierra,
a la vuelta de ir a correr por el parque como un rayo en medio de los árboles.
Y las llaves doradas en el puño.

Pensaba en Cris, Andrea, V., Amanda, Paula…
Y las chicas interesantes que conocí ayer y que conocí el sábado pasado. Y en diciembre.
Chicos, no.
Chicos interesantes, no.

No de los que beben cerveza y les cuelgan los pies desde la terraza.

Especialmente he conocido chicas interesantes.
Y hoy supe que era un alivio y que tenía que dar las gracias.

Porque todavía nos quedan ellas.

Un sábado de febrero: uñas de oro y el chico de los versos

febrero 9, 2020 § Deja un comentario

Vivo en la casa de las palomas y de las uñas de oro.

Las palomas compran pan en las plazas y las uñas se clavan en los brazos porque el oro impulsa el frío y el frío son huesos atados en un manojito esperando ser quemados.

Vivo en la casa de las palomas y de las uñas de oro.

Lo supe esta noche cuando cruzaba la puerta y abría la valla con una llave que pesa demasiado. Como un augurio sobre la espalda. Y en el primer banco de humedades me senté con toda la carga de un bolso encadenado y un dni y un bono de viaje y ninguna moneda pero un billete doblado
y las llaves todavía en la mano.

Por si acaso a alguien se le ocurría preguntar
qué haces a estas horas en un jardín vacío sin nada alrededor pero con un cielo abierto y una rama de árbol y los pies evitando el suelo.
Qué haces y si vives aquí o estoy imaginando a una chica de pelo oscuro con unas llaves de la mano.

Yo hubiera contestado que siempre me vi en los espejos y que me busquen en los lugares que se olvidan de barrer,
porque todavía creo que el polvo sostiene partículas de luz que se posan sobre las uñas de oro y que las palomas habitan las casas donde hay alimento.

Aunque nadie vino esta noche.
Y nadie vendrá mañana a preguntarme qué haces sobre un banco húmedo y agarrada a un disco y con los versos cruzando tu cabeza como una sierra que destroza la corteza de un árbol antiguo.

Vivo en la casa de las palomas y de las uñas de oro.

Por la noche las palomas se ocultan en los agujeros y las uñas se meten en las bufandas y recorren los bolsillos.

Así que ayer pude no haber estado en ese banco ni en esta casa pero recuerdo mantener las llaves en mi mano por si alguien me preguntaba si tenía un lugar donde ir.

No miento:
no sé si hubo silencio porque recuerdo una ventana que se apagó y este gesto me indicó que los ojos siempre están atentos aunque tú no los veas, y que tras las paredes hay brazos y manos y pies que se arrastran y se sirven copas de vino que estallan en los labios y que aunque todo acabe destruido,
permanece la esperanza dentro del sonido de una radio en una cocina abandonada.

Como una cría en el vientre.

Y todo esto lo cuento porque ayer sobre el banco con los versos atravesados y el mareo previo a la cama y el delirio como las olas de un mar enfurecido
me contenía dentro de un abrigo de botones dorados y una camiseta ligera que parecía que nunca había estado conmigo.

Y la noche eran unos versos de un chico que abría la boca y cantaba muy alto y cantaba demasiado deprisa y yo estaba dentro de su canción y dentro de una autopista feroz centelleando luces de neón y cadáveres de insectos por el asfalto. Y creo que dije

Detente
Y creo que dije
Va demasiado rápido.

Y sin embargo el chico seguía cantando y los pies buscaban una vela y yo en el abrigo que era parte de un cuerpo y la noche sobre una rama y la rama encima de mi pelo.

Y luego vinieron la selva y los pastos y la casa en la que es mejor que nunca entres porque te pueden matar al tocar la puerta.
No aceptan invitados.

Antes de ese monte que brillaba como una chica cuando sabe que conocerá su primera fiesta,
estaba sobre un banco y el chico dentro de mi boca y yo repitiendo todas las cosas que él me aconsejaba y que tuviera cuidado con los gritos porque hay ojos tras las ventanas y que tuviera cuidado con la rama y que todos los poetas una vez murieron tras mirar la luna.
Creo que en ese punto mi voz no era mía sino que era del chico y él estuvo conmigo hasta que ya no hubo más estrellas porque todas estaban muertas y nadie las podía ver.

Ocultas tras una nube oscura y ocultas en la casa donde viven las palomas y arrancadas del abismo por unas uñas de oro.

Me levanté y pesaba doscientos kilos en cada pierna y el pelo sobre los ojos y los versos en la lengua como una amenaza.

Las llaves en la mano.

Por si alguien me preguntaba qué estaba haciendo a esas horas y con los ojos negros y la boca roja y recuerdo que me presenté en el espejo y vi cristales en pupilas y vi que faltaban ellas y faltaba la cocina de fuego y faltaba la idea de todo lo que va a venir cuando compruebas que el buzón todavía está vacío.

Fue un vértigo de espaldas inclinadas sobre un puente.
El ahogo de una estatua que piensa que puede articular palabras como el que fabrica plumas para un cuello.
No evité reírme un rato a pesar de que ya me habían advertido que está mal reírse a las tres de la mañana cuando has perdido el autobús y cuando hay gente durmiendo y sobre todo cuando las palomas no pueden vigilar lo que estás haciendo.

Llevé al chico conmigo.

Cabemos los dos en el ascensor.

Y entró en la casa de las palomas y me enseñó sus uñas,
que eran de oro,
se calló cuando supo que había alguien durmiendo y yo me callé cuando vi que íbamos a caernos al suelo porque la noche pesaba sobre la cabeza.

Puso sus uñas en mi cara y las palomas despertaron.

Había alguien durmiendo hecho un hatajo de sábanas y un bulto con pulmones apretados.

El chico ya no me dijo más versos.

Sus uñas eran de oro, con las puntas de los dedos azuladas
y me aconsejó consultar a los sabios y me puso un pájaro en la columna vertebral como un equilibrista que no sabe el día exacto que va a morir.

Dormí en una selva de hojas grandes que atravesamos como el cuchillo que corta un pan.

Sus uñas era de oro,
las puntas de los dedos azuladas,
y recuerdo que había alguien durmiendo.

Consulta para extirparse la válvula de plata

enero 27, 2020 § Deja un comentario

El doctor Emetteus descubrió hace poco una válvula que tenemos todas las personas pero que a veces nos tocan y a veces el sonido resuena en las cuevas de las playas, esas en las que nadie se atreve a entrar.

La válvula es de plata y pequeña,
se sitúa detrás de la oreja derecha,
y se acciona con moverla un poco y con un poco de mar en los pies y con los ojos cerrados.

Y vio también que a veces esa válvula es tan sutil que pocos pueden percatarse de ella.

Es diminuta como el corazón de una cría de golondrina.

Y vio que a veces se acciona con una facilidad pasmosa,
como una fuente que estalla en la cara.

Y el doctor comprendió con sus estudios que ese botón pequeño.
Ese botón de plata.
No es lo que se busca cuando encuentras al otro perdido entre los demás y se acerca a ti y te pide la hora y te lleva a un café y te da su brazo como punto de apoyo.

Sino que simplemente pasaba por ahí.

Simplemente hacía frío o simplemente había una oferta en la cafetería y quería desayunar un poquito o quería que alguien entendiese lo que pasa cuando el vídeo no funciona o lo que haría con todo el tiempo del mundo y una pista de patinaje.

Entonces el doctor vio que la persona se coloca el pelo para escuchar mejor al que huía del frío y la válvula de plata se toca sin querer,
como quien tropieza con un alfiler,
como quien se encuentra con un violín en el sótano.

Y la válvula de plata abre los ojos que estaban cerrados y la persona escucha al otro,
que es otro y que en realidad buscaba un desayuno rico o un lugar donde pasar el rato y leer el periódico y hacer garabatos en los crucigramas.

Y que tú estabas ahí de casualidad. Y que en el fondo hubiera dado igual.

Aunque tengas todos los pájaros por dentro.

Y en ese momento la válvula se ha movido y el doctor Emetteus en sus experimentos aconseja que es mejor que no se toque.

Ni siquiera con el viento.
Ni siquiera con las perforaciones ni con los pendientes de aro.

Que es mejor ocultarla y ponerle una pegatina y ponerle una tirita o embalsamarla por completo.

Y que cuando alguien te habla al oído de lo que haría con una pista de patinaje sobre hielo o lo que haría si fuese un viajero del tiempo o si tuviese una isla en el bolsillo,
es mejor agarrar la taza del desayuno y rellenar el crucigrama.
Porque todo eso es lo único que se toca y se arruga y se rompe y se cae al suelo.

La válvula de plata es un accesorio que debería extirparse y debería ser eliminado.

El doctor hace años que perdió su válvula. Y ahora habla con más formalidad y no se marea al subir a la noria y no da la hora a los extraños.
Y no habla de él mismo.

Escribe en un diario sus impresiones y las guarda en un cajón. Mide el aire de las hojas y recuerda a los que han muerto con una punzada gris que le cruza el estómago. A veces cocina pasteles que olvida en la ventana. No está hecho para cafeterías y se toma el té en su cocina.

Su consulta es Calle Antequera 122.

Por si alguien quiere extirparse la válvula de plata.

 

Converso con un genio de la lámpara y hablo de lo que es un buen chico

enero 21, 2020 § Deja un comentario

[Del Manual para la comprensión del insomnio]

Un genio de la lámpara emergió de mi flexo y me preguntó qué quería.

Eso fue hace un ratito, antes de tomar el postre, cuando estaba corrigiendo una coma.

El genio llevaba coleta negra y estaba un poco borracho, puede que tuviera los problemas típicos de quien vive a la sombra de los seres fantásticos creados por Disney y sin embargo, siempre es olvidado. Su voz sonaba un poco hueca, un poco a Mahou y a lápices rasgando un folio.

-Dime lo que deseas.
-¿Lo vas a cumplir, como sucede en los cuentos?
-No. Es curiosidad, porque me siento solo y la luz me ha despertado.

Así que mi genio de la lámpara estaba en paro o jubilado o deprimido, o las tres cosas a la vez, porque creo que las tres cosas a la vez son lo mismo, como la sombra proyectada en diferentes sillas de mimbre.

Lo pensé un segundo y medité en profundidad. El genio medía lo mismo que la palma de mi mano y para hablar con él, tuve que pausar el cuadernillo y cerrar sus tapas, pues aunque no tuviera apenas poderes y solo pretendiera conversar, es de mala educación escribir cuando alguien te está mirando.

Me lo enseñó mi madre. O puede que me lo dijera un extraño.

Le dediqué un segundo, o dos, o tres, y de mi boca salieron las palabras como un alfabeto desordenado en manos de un niño.

-Deseo un mar entero para mí, donde hundirme los días de lluvia y donde ahogarme cuando nada tiene sentido, para luego volver a respirar como la burbuja que se rompe en el aire.
-Un mar.

El genio repetía mis palabras.

-Un mar de color turquesa, que ese que dicen que mezcla el verde y el azul, y que sea tan transparente que la gente no se dé cuenta de que existe hasta que de pronto el agua llega hasta sus ombligos. Tan transparente como una mano que no existe o como todos los recuerdos.
-¿Y algo más?
-Sí. Deseo que en ese mar quepamos todos pero que al mismo tiempo, solo quepa yo, que se desborde cuando entro y que debajo oculte piedras grises de bordes afilados.
-Te harás daño cuando toques fondo.
-Pero es que en mi mar nunca tocaría fondo.
-¿Y algo más?
-Sí, que los días solo se contengan en las siguientes horas: 10.00, 17.00, 18.00, 21.00 y la noche. Y todo lo que viene con la noche, como una bolsa de la merienda.
-Los días serían muy cortos.
-No, porque cada hora duraría casi un día y así siempre habría gente jugando con monopatines y siempre habría migas de pan en el suelo.
-¿Y algo más?
-Y supongo que un buen chico. Pero un buen chico para observarlo de lejos y contemplar cómo se pasa la mano por el pelo. Un chico de los que cantan en voz alta cuando caminan por la calle y que me acompañe cuando cazo monstruos y que no saque de repente una navaja para comerse con ella mis ojos.

El genio me escuchaba y retorcía sus dedos.

-Que no veo un buen chico desde hace mucho tiempo, porque se disfrazan con cabello corto o con rizos falsos y recuerdo que cuando yo vivía en un paraíso tropical de banderas sin nombre, todos los buenos chicos salían de excursión en autobuses blindados, con cazamariposas en las manos y camisetas de colores y escuchaban música celta.
-Yo vi ese autobús hace mucho tiempo. Pasaba por la casa de todos los genios y se reían señalándonos. Para mí no eran buenos chicos. Arrancaban el césped con las manos y se pintaban las zapatillas con un rotulador.
-Escucha. Un buen chico fotografía paisajes, pero no personas. Y le cuelgan los pies cuando se sienta en una terraza. Y bebe cerveza y se sabe todas las canciones que todavía no conoces y te las enseña con una tiza en la mano. Duerme en pijama de cuadros y huele a jabón neutro. Un buen chico limpia con una bayeta cuando ensucia la mesa y nunca se olvida de ventilar su cuarto. Guarda sus tesoros en una caja de galletas y compra las camisetas con descuento. Y se ducha con agua tibia.
-Un buen chico en un mar.
-Un buen chico no cabría en mi mar. El mar es solo para mí.
-Así todos los buenos chicos acabarán en pozos, bajo la nieve.
-No, ellos conocen dónde están los lagos y los mares y los armarios con perchas blancas donde colgar sus cazadoras. Pero observan y tú les observas a ellos. Yo contemplaría a un buen chico mientras floto en mi mar transparente. Pero no le dejaría pasar.

Y el genio movió sus manos.

Y cambió de hora mi reloj de pulsera y de pronto eran las 17.00 y se escuchaban monopatines corriendo por la calle.

Y me asomé a la ventana y le di las gracias y me bebí el agua.

-Te olvidas del buen chico.
Le comenté, antes de que volviera a ocultarse en el flexo para irse a dormir.
-Tienes el mar.
Y debajo de mis pies, mi habitación comenzó a llenarse de agua transparente y de peces.