Nunca va a pasar nada malo

marzo 6, 2019 § Deja un comentario

Hace mucho, mucho tiempo

tanto que algo me pincha cuando lo llevo a la cabeza

como un prendedor del pelo.

Hace mucho mucho tiempo

el mundo era un lugar tranquilo. Donde nunca pasaba nada malo.

Una bicicleta y unas piernas y la seguridad de un vaso de leche con galletas Campurrianas porque en eso consistía la serenidad de todos los poetas: en un vaso de leche con galletas Campurrianas. O Príncipe, grandes masas de azúcar cuando todavía no cabían en la palma de la mano.

Hace mucho mucho tiempo, no existían las llamadas que se pierden por las avenidas ni las palabras que no deben decirse sobre un banco de madera con una hoja de pino sobre el hombro ni las figuras que desaparecen por el ascensor ni las facturas ni las cartas impersonales y los folletos de Ryanair.

Y es que el mundo eran dibujos en los libros, y los libros sin dibujos, y los papeles de colores brillando entre las manos, y los sábados eran el ritual del desayuno largo y del sofá y del pasillo desplegable para las cajas de Playmobil que se despertaban de su letargo y movían las piernas con agilidad ante nuestros ojos.

Hace mucho mucho tiempo, existías tú. Pequeñito y rubio como un duende que nunca gritaba.

Y nos movíamos dentro de una pompa de jabón que nos giraba y devolvía al punto de origen.

Hace mucho tiempo construí un refugio de papel que no supe, en ese momento, que se hundiría por los fuertes chubascos y se volvería barro y botellas de vidrio.

Que se volvería cruz.

Eso no lo sabía mientras corría con la bicicleta rosa y veía crecer las flores en la selva interior de ese refugio de papel de dos pisos. Y asomaban sus cabezas azules, rojas, amarillas, todas ellas de lenguas largas y verdes y esa mano que les daba de comer con dosis concretas, como una cocinera de los hechizos botánicos.

Hace mucho tiempo fue la época en la que nada malo podía pasar,

y caminaba con esa certeza metida en los zapatos y en los calcetines,

mientras susurraba a la espuma y a los dedos arrugados y tiraba los plátanos cuando nadie me observaba.

Siempre fui de inventarme historias mirando a una pared.

Hace mucho tiempo plagaba de cortinas blancas cualquier agujero y dibujaba en cada revista y en cada servilleta de papel, el día no tenía horas apenas

(solo si estas tenían tres colores, a saber, rosa, negro y azul)

y descansaba en mi cama pensando que nada malo podía pasar.

Nada malo. Solo una pesadilla de papel de plata cuando dormía demasiado o que se quemara el pan con mantequilla o estallara un vaso por llenarlo de agua muy caliente.

Solo pensaba a veces,

como una pluma sostenida en un cable,

en un Hombre del Saco perdido buscando sus zapatos alrededor de la casa o un Lobisome allá al fondo, en la finca, jugando con el sacho y persiguiendo a las gallinas.

Fue una época en la que recogía huevos de los nidos del corral y me manchaba las pantorrillas con la tierra, y en la bicicleta rosa, a veces sola, pensaba en la imposibilidad de que algo malo fuera a pasar.

Y mientras tanto,

las venas empequeñecían, las arrugas volcaban las caras y los huesos se iban quebrando, toses y una humedad en el techo, tres arañas en el suelo y cinco centímetros más.

Pero yo todavía pensaba

que nada malo podía pasar.

Y mientras tanto,

los monstruos se reían debajo de la cama, tejiendo sombreros de ala ancha y los cuervos se volvían caníbales y las culebras se unían en un lazo que comenzaba a cuajar debajo de mi cama, siempre debajo, al lado del orinal, y yo allí arriba

dormida

pensando

que era imposible

que algo malo fuera a pasar.

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